Radiografía sentimental del chavismo (XVI): Chavismo duro

Nota: Reinaldo Antonio Iturriza López, sociólogo y escritor, periodista – Venezuela

Si para el antichavista promedio el chavismo en general es causa y consecuencia de todos los males, ¿qué podrá pensarse del chavismo duro?

Fanático empedernido del discurso autodenigratorio, el antichavista promedio se estremece cuando lee en las encuestas que Nicolás Maduro tiene una aprobación que supera el veinte por ciento, bastante por encima de varios de sus pares latinoamericanos, y casi se paraliza cuando se entera de que Hugo Chávez, seis largos años después de su desaparición física, aún despierta simpatías en más de la mitad de la población.

Enfrentado al dilema de rendirse ante la evidencia, se explaya en imprecaciones de leyenda, maldiciendo de las formas más variadas, elocuentes y penosas el infortunado día en que tuvo que venir a nacer en esta tierra plagada de desgracia, rodeado de gente tan miserable e inculta, tan de poca monta.

Esta actitud tan poco edificante, con la que alguna gente ha tenido que lidiar durante veinte años, va acompañada de la negación más rotunda: no puede ser posible, alguien nos está mintiendo. Venezuela no es un país, es un gigantesco fraude. La vida misma es un tortuoso e interminable fraude. Una pesadilla de la que no es posible despertar.

Nada ni nadie es capaz de hacer entrar en razón al antichavista promedio. Por intolerable e inaceptable, la realidad le parece incomprensible. Su clase política, su maquinaria propagandística, sus intelectuales, en tanto que no hacen otra cosa que alimentar y reproducir el mismo sentido común desazonado, incrédulo, cínico, muy poco o nada pueden ofrecer.

Al contrario, ellos son fuente permanente de las explicaciones más rebuscadas, y es así como logran que las historias más inverosímiles adquieran el rango de verdad, como el cuento aquel de que el chavismo solo puede estar en el poder porque ha cometido, una y otra vez, fraude electoral. Venezuela es un país de mierda. Cese la usurpación.

Hace tiempo que la encuestología, ese oficio a medio camino entre la práctica científica y la prestidigitación, intentó dar cuenta de la existencia de un curioso fenómeno: el chavismo duro. Si para el antichavista promedio el chavismo en general es causa y consecuencia de todos los males, si es en sí mismo una plaga, ¿qué podrá pensarse del chavismo duro?

El chavismo duro vendría a ser lo peor dentro de lo muy malo. Si el chavismo es la enfermedad, el chavismo duro es la agresiva enfermedad terminal, la causa de los más terribles y dolorosos padecimientos. Si el chavismo es basura, el chavismo duro es excrecencia.

Siempre según el antichavista promedio, solo el chavismo duro puede sentirse cómodo en una situación como la que estamos viviendo. Lo quiere todo para sí, pero al mismo tiempo se conforma con muy poco. Su identificación política solo es posible al precio del sufrimiento de la inmensa mayoría.

No importa si la actitud del antichavista promedio dista mucho de ser la manera de pensar y sentir de las mayorías populares. Se cree con derecho a juzgar que el chavismo duro, conformista, indolente, cómplice, es merecedor de un sufrimiento igual o peor al que inflige, y por eso justifica que se le arrebaten alimentos y medicinas, que se le humille y se le deje morir en los hospitales, que sea señalado, perseguido y asesinado, que sea estafado por los comerciantes, que se vea obligado a comer de la basura, que el sueldo no le alcance, que sea víctima de la violencia criminal, que sea expulsado de sus tierras y, llegada la ocasión, que se le bombardee y aniquile. A fin de cuentas, todo lo que le ocurre, tanto como lo que tendría que ocurrirle, es responsabilidad última del Gobierno que apoya.

Lo cree incapaz de discernimiento y crítica, desprovisto de inteligencia y belleza, carente de cualquier virtud. Si alguien resiste, ese es el antichavista promedio. El chavismo duro solo tolera, sostiene, aguanta, impide que caiga lo que hace mucho ha debido caer.

Si Estados Unidos ordenó a la clase política antichavista no participar en las elecciones presidenciales de 2018, no fue porque considerara imposible triunfar, mucho menos por la ausencia de garantías electorales, sino porque no estaba en sus planes derrotar al chavismo electoralmente. El soberano imperial ha sido determinante a la hora de forjar esta idea de que el chavismo es un sujeto exterminable, que debe morir de muerte violenta, no importa si esto equivale a genocidio.

El diagnóstico es brutal, porque nos habla de una cierta deshumanización de la política, nos remite a odios y miedos muy arraigados socialmente, nos obliga a calibrar el alcance de la bestialidad imperial, nos hace tener que lidiar con una realidad que ya quisiéramos que fuera distinta. Pero es el diagnóstico.

Por lo general, la encuestología nos ofrece un retrato parcial de la realidad, pero no indaga a fondo en las razones que explican las identificaciones políticas, tal vez porque no le corresponde, tal vez porque está tan comprometida con la derrota del chavismo que prefiere tratar con condescendencia al antichavista promedio, ofreciéndole pocas herramientas para comprender su entorno.

Lo primero que debe comprenderse es que el fulano chavismo duro no es simplemente un caudal de votos. Se expresa, por supuesto, electoralmente, pero es mucho más que eso. Una de sus principales características y, al mismo tiempo, una de sus ventajas, es que no desprecia el país en el que vive. Eso hace de la forma como se relaciona con la política una experiencia fundamentalmente gozosa. No hace política a partir del desprecio del otro, sino mediante la recuperación del propio orgullo. Muy al contrario de la imagen caricaturesca que se ha construido de él, es severamente crítico de un Gobierno que, no obstante, considera suyo, en mayor o menor medida, y sabe bien que, en caso de que el antichavismo recupere el poder, gobernará de espaldas a los intereses populares. Y si quedara alguna duda, basta con hacer balance de todo el daño que ha causado intentando recuperarlo, con frecuencia apelando a vías no democráticas. Resiste no tanto por miedo a perder lo conquistado o por temor a represalias, como suelen opinar los encuestólogos, sino porque ya comprobó que era posible vivir mejor y desea volver a hacerlo.

A los encuestólogos les falta lo que al chavismo duro le sobra: calle. El problema con el antichavista promedio es otro: está convencido de que tener calle es igual a prenderlas en candela, con todo y chavistas.

Usted puede juzgarlo como quiera, pero, equivocado o no, el chavismo duro todavía se siente dueño de su destino. Y aunque lo acusen de genuflexo, tarifado o vendido, lo cierto es que eso, en política, no tiene precio.

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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