Cuarentena (VI): Sobre el arte socialista de gobernar

Nota: Reinaldo Antonio Iturriza López, sociólogo y escritor, periodista – Venezuela

Gobernar socialistamente

Cuando, en junio de 2010 (1), eché mano por primera vez del concepto de gubernamentalidad, lo hice para plantear una pregunta que me parecía entonces crucial e impostergable: ¿qué significa gobernar socialistamente?

En aquel momento identificaba al menos tres situaciones:

  1. por un lado, hacía muy poco tiempo que el antichavismo había abandonado la táctica confrontacional y violenta para adoptar un discurso que giraba en torno a la crítica de la gestión de gobierno; el “socialismo” había colonizado por completo el discurso oficial, lo que era denunciado por el antichavismo como una suerte de “exceso” ideológico, como una demostración de que el Gobierno se alejaba cada vez más de los “problemas reales” de la población, siendo, por tanto, incapaz de resolverlos;
  2. frente a este discurso, en el chavismo pronto se hizo muy evidente una tendencia a la “gestionalización” de la política: puestos a defender la gestión de Gobierno, nos encontramos defendiendo un aparato de Estado esclerosado, ineficiente, excluyente, clasista y antipopular;
  3. lo que correspondía era repolitizar la gestión de Gobierno, cosa muy distinta de una práctica muy común entre nosotros: realizar la crítica del Estado en abstracto; en otras palabras, para llevar a cabo el cuestionamiento radical, informado, actualizado del Estado burgués, debíamos necesariamente realizar el análisis concreto del tipo de gobierno específico que supone el funcionamiento del Estado: teníamos que “descubrir” qué significa gobernar socialistamente.

No se trataba, como pudiera opinarse desde el anti-intelectualismo más pueril y ramplón, de una exquisita y rebuscada disquisición filosófica que nos distraería de las urgencias del momento histórico, asociadas a la gigantesca tarea de ejercer el poder estatal. Era una invocación a la praxis: a ser capaces de apelar a la práctica y al pensamiento de vocación transformadora, a mantener viva la apuesta por la reinvención de la política revolucionaria, en este caso en particular inventando el “arte socialista de gobernar” (2).

En los nueve años transcurridos desde entonces, buena parte de mi trabajo político e intelectual, muchos de los problemas teóricos y prácticos que me he planteado junto con numerosos compañeros y compañeras, han estado orientados unas veces implícita y otras explícitamente a la resolución de aquel problema: ¿cómo gobernar socialistamente?

Así, por ejemplo, en enero de 2014, al frente de Comunas y Movimientos Sociales, hacía balance de nuestro trabajo en los siguientes términos: “Tal vez estemos aprendiendo qué significa aquello de gobernar “socialistamente”. Porque el socialismo es una entelequia si no se expresa en unas prácticas de gobierno específicamente socialistas. ¿Qué significa, entonces, gobernar “socialistamente”? He aquí algunas pistas: 1) socializar información precisa, pormenorizada, que nos permita seguir produciéndola socialmente (pueblo y Gobierno); 2) anteponer siempre la política a lo administrativo, los procesos de trabajo a la meta: ésta nunca es un número (que, habiéndolo alcanzado, me permite aferrarme a un cargo u obtener cuotas de poder), sino la transformación revolucionaria de la sociedad, que se expresa en felicidad social. Anteponemos la política a la “gestión” porque la política es revolucionaria, esto es, está al servicio del cambio social. Hacemos “gestiones” para desplegar nuestra política revolucionaria. La eficacia de nuestra política se mide por el cambio que produce en nuestro pueblo, por la felicidad social que produce. La felicidad social de nuestro pueblo depende de su capacidad para “autogestionarse”, lo que implica una manera profundamente revolucionaria de entender el problema de la gestión. Hacia allá deben apuntar las Comunas: al “autogobierno” popular, a la “soberanía plena”, como está escrito en el Programa de la Patria” (3).

En diciembre de 2015, esta vez al frente de Cultura, escribí un muy rudimentario decálogo sobre lo que significa, a mi juicio, “gobernar revolucionariamente”. Veníamos de ser derrotados en las elecciones parlamentarias y me parecía oportuno recordar que, en lugar de “distribuir culpas”, nuestros “análisis deben partir de nuestras prácticas, y en ningún caso pueden convertirse en un desfile de generalidades”. Hice entonces un resumen muy apretado de lo que había sido, en parte, mi aprendizaje como ministro, aludiendo, por supuesto, a cuestiones que había escrito previamente, e incorporando otras muy puntuales, como la crítica del tutelaje, de la que reproduzco un fragmento: “No hay repolitización sin pueblo protagonista. Pero existe la tutela disfrazada de repolitización. La tutela es profundamente conservadora, antipopular. Quien la practica, se cree el único que sabe cómo hacer una revolución. Para quien se arroga el derecho de tutelar, la carga de la prueba siempre recae en el pueblo, que está obligado a probar, hasta el infinito, su condición de sujeto político, de ciudadano” (4).

En cada caso, intentaba responder así fuera parcialmente a la pregunta de Michel Foucault: “¿Hay una gubernamentalidad adecuada al socialismo? ¿Qué gubernamentalidad es posible como gubernamentalidad estricta, intrínseca, autónomamente socialista?”. Como Foucault, estaba plenamente convencido de que la respuesta no la hallaría en ningún libro: “En todo caso, limitémonos a saber que si hay una gubernamentalidad efectivamente socialista, no está oculta en el interior del socialismo y sus textos. No se la puede deducir de ellos. Hay que inventarla” (5).

Habiendo llegado a este punto, y antes de continuar, es necesario plantear otra pregunta, ¿qué es lo que entiende Michel Foucault como gubernamentalidad? Y luego, ¿qué es lo que hace de la gubernamentalidad un concepto tan potente, valioso, eficaz, sugerente, y por tanto indispensable?

Gubernamentalidad, biopoder, Estado

En su curso en el College de France de 1977-1978, intitulado Seguridad, territorio y población, Foucault explica que la dimensión que designó con el “feo nombre” (6) de gubernamentalidad alude por lo menos a tres cosas:

  1.  “el conjunto constituido por las instituciones, los procedimientos, análisis y reflexiones, los cálculos y las tácticas que permiten ejercer esa forma bien específica, aunque muy compleja, de poder que tiene por blanco principal la población, por mayor forma de saber la economía política y por instrumento técnico esencial los dispositivos de seguridad”;
  2. “la tendencia, la línea de fuerza que, en todo Occidente, no dejó de conducir, y desde hace mucho, hacia la preeminencia del tipo de poder que podemos llamar ‘gobierno’ sobre todos los demás: soberanía, disciplina, y que indujo, por un lado, el desarrollo de toda una serie de aparatos específicos de gobierno, y por el otro el desarrollo de toda una serie de saberes”;
  3. “el proceso o, mejor, el resultado del proceso en virtud del cual el Estado de justicia de la Edad Media, convertido en Estado administrativo durante los siglos XV y XVI, se ‘gubernamentalizó’ poco a poco” (7)

Lo que Foucault planteaba, entre otras cosas, era una analítica del poder en general, y una manera de abordar el problema del Estado en particular. Respecto del asunto del poder, y para comprender el concepto de gubernamentalidad es preciso revisar lo que Foucault entiende por biopolítica o biopoder, otro concepto central en su obra.

En su curso en el College de France de 1975-1976, intitulado Defender la sociedad, Foucault se interrogaba: “¿Cuál es el interés central en esa nueva tecnología de poder, esa biopolítica, ese biopoder que está estableciéndose?”. Acto seguido respondía: “se trata de un conjunto de procesos como la proporción de los nacimientos y las defunciones, la tasa de reproducción, la fecundidad de la población, etcétera. Estos procesos de natalidad, mortalidad y longevidad constituyeron, a mi entender, justamente en la segunda mitad del siglo XVIII y en conexión con toda una masa de problemas políticos y económicos […], los primeros objetos de saber y los primeros blancos de control de esa biopolítica” (8).

Dos años después, en Seguridad, territorio y población, Foucault se refiere al biopoder como “el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general de poder”. Una vez más, afirma que fue a partir del siglo XVIII que “las sociedades occidentales modernas, tomaron en cuenta el hecho biológico fundamental de que el hombre constituye una especie humana” (9). Pero de inmediato advierte que con el análisis de esta estrategia general de poder no pretende elaborar “una teoría general del poder”, sino que “se trata simplemente de saber por dónde pasa la cosa, entre quiénes, entre qué puntos, de acuerdo con qué procedimientos y con qué efectos”. Plantea que el poder no es “una sustancia, un fluido, algo que mana de esto o de aquello, sino un conjunto de procedimientos cuyo papel o función y tema, aun cuando no lo logren, consisten precisamente en asegurar el poder” (10). Este análisis de los “mecanismos de poder” tendría como propósito “mostrar cuáles son los efectos de saber que se producen en nuestra sociedad por obra de las luchas, los enfrentamientos, los combates que se libran en ella, así como las tácticas de poder que son los elementos de esa lucha” (11).

Un año antes, en el primer tomo de su Historia de la sexualidad, intitulado La voluntad de saber, Foucault había elaborado su célebre formulación de biopoder, relacionada con la mutación de la economía general de poder que se produjo en las sociedades de la Europa occidental del siglo XVIII, que desde entonces pasarían a estar gobernadas fundamentalmente a través de tecnologías o mecanismos de seguridad: “Podría decirse que el viejo derecho de hacer morir o dejar vivir fue reemplazado por el poder de hacer vivir o de rechazar hacia la muerte” (12).

De nuevo en Seguridad, territorio y población, describe “de una manera global, tosca y por consiguiente inexacta” lo que identifica como “grandes economías de poder de Occidente”:

  1. “ante todo, el Estado de justicia, nacido en una territorialidad de tipo feudal y que correspondería a grandes rasgos a una sociedad de la ley – leyes consuetudinarias y leyes escritas –, con todo un juego de compromisos y litigios”;
  2. “segundo, el Estado administrativo, nacido en una territorialidad de tipo fronterizo y ya no feudal, en los siglos XV y XVI, un Estado administrativo que corresponde a una sociedad de reglamentos y disciplina”;
  3. “por último, un Estado de gobierno que ya no se define en esencia por su territorialidad, por la superficie ocupada, sino por una masa: la masa de la población, con su volumen, su densidad y, por supuesto, el territorio sobre el cual se extiende, pero que en cierto modo solo es uno de sus componentes. Y ese Estado de gobierno, que recae esencialmente sobre la población y se refiere a la instrumentación del saber económico y la utiliza, correspondería a una sociedad controlada por los dispositivos de seguridad” (13)

Tenemos, entonces una definición de gubernamentalidad situada en tiempo y lugar (sociedades occidentales modernas), asociada a una manera de concebir el poder y su estudio (tácticas, estrategia, procedimientos, mecanismos, dispositivos, efectos), a su vez relacionada con el concepto de biopoder (una economía general de poder girando en torno al poder de hacer vivir y dejar morir).

Más importante aún, Foucault se sirve del concepto de gubernamentalidad para adentrarse en la espinosa discusión sobre el Estado: “Se sabe cuánta fascinación ejercen hoy en día el amor o el horror por el Estado; se sabe cuánta energía se pone en el nacimiento del Estado, su historia, sus avances, su poder, sus abusos”. No obstante, afirma el filósofo con ánimo polémico, se ha sobrevalorado el problema del Estado. Y esto se ha hecho, fundamentalmente, de dos formas:

  1. “En una forma inmediata, afectiva y trágica: es el lirismo del monstruo frío frente a nosotros”.
  2. “Tenemos una segunda manera de sobrevalorar el problema del Estado, y en una forma paradójica, pues en apariencia es reductora: el análisis consistente en reducir el Estado a una serie de funciones como, por ejemplo, el desarrollo de las fuerzas productivas, la reproducción de las relaciones de producción; y ese papel reductor del Estado con respecto a otra cosa no deja de considerarlo, empero, como blanco absolutamente esencial de los ataques y, lo saben, como posición privilegiada que es preciso ocupar” (14).

Sin embargo, sigue planteando Foucault, “el Estado no tuvo, ni en la actualidad ni, sin duda, en el transcurso de la historia, esa unidad, esa individualidad, esa funcionalidad rigurosa, y me atrevería a decir que nunca tuvo esa importancia […] Lo importante para nuestra modernidad, es decir, para nuestra actualidad, no es entonces la estatización de la sociedad sino más bien lo que yo llamaría ‘gubernamentalización’ del Estado” (15). Más que en el Estado, había que poner el énfasis analítico en la cuestión de la gubernamentalidad.

Como apunta certeramente Michel Senellart, en la obra de Foucault, “la consideración de la cuestión del Estado es indisociable de la crítica de sus representaciones corrientes: el Estado como abstracción temporal, polo de trascendencia, instrumento de dominación de clase o monstruo frío” (16).

Como explicaría el mismo Foucault en su curso de 1978-1979, intitulado Nacimiento de la biopolítica: “El Estado no es un universal, no es en sí mismo una fuente autónoma de poder. El Estado no es otra cosa que el efecto, el perfil, el recorte móvil de una perpetua estatización o de perpetuas estatizaciones, de transacciones incesantes que modifican, desplazan, trastornan, hacen deslizar de manera insidiosa, poco importa, las fuentes de financiamiento, las modalidades de inversión, los centros de decisión, las formas y los tipos de control, las relaciones entre poderes locales, autoridad central, etc. En síntesis, el Estado no tiene entrañas, es bien sabido, no simplemente en cuanto carece de sentimientos, buenos o malos, sino que no las tiene en el sentido de que no tiene interior”. Y planteaba entonces lo que considero lo más importante: “El Estado no es nada más que el efecto móvil de un régimen de gubernamentalidades múltiples. Por eso propongo analizar o, mejor, retomar y someter a prueba esa angustia por el Estado, esa fobia al Estado que me parece uno de los rasgos característicos de temáticas habituales de nuestra época, sin intentar arrancar al Estado el secreto de su esencia, como Marx procuraba arrancar el secreto a la mercancía. No se trata de arrancarle su secreto, se trata de ponerse afuera y examinar el problema del Estado, investigar el problema del Estado a partir de las prácticas de gubernamentalidad” (17).

En Nacimiento de la biopolítica, sin abandonar del todo una definición de gubernamentalidad situada históricamente, Foucault ofrecía un concepto si se quiere más “abstracto”, pero al mismo tiempo más sugerente: “El término mismo de poder no hace otra cosa que designar un ámbito de relaciones que resta analizar por completo, y lo que propuse llamar gubernamentalidad, es decir, la manera de conducir la conducta de los hombres, no es más que la propuesta de una grilla de análisis para estas relaciones de poder” (18).

Definida la gubernamentalidad en tales términos (“la manera de conducir la conducta de los hombres”), acto seguido Foucault desarrolla un análisis extraordinariamente lúcido sobre el neoliberalismo alemán. Valga acotar, es el único curso en que el filósofo se adentró de lleno en el análisis sobre la economía general de poder contemporánea, estudiando nada menos que un fenómeno tan actual como el neoliberalismo.

Foucault explica que decidió detenerse en el análisis al detalle del neoliberalismo alemán por dos razones: por una cuestión de método y por cuestión de “moralidad crítica”. En cuanto al método, expone que, continuando lo que había estado trabajando en Seguridad, territorio y población, lo animaba “someter a prueba esa noción de gubernamentalidad y, en segundo lugar, ver de qué manera la grilla de la gubernamentalidad, que puede suponerse es válida a la hora de analizar el modo de encauzar la conducta de los locos, los enfermos, los delincuentes, los niños, puede valer, asimismo, cuando la cuestión pasa por abordar fenómenos de una escala muy distinta, como, por ejemplo, una política económica, la administración de todo un cuerpo social”. En suma, quería “ver en qué medida se podía admitir que el análisis de los micropoderes o de los procedimientos de la gubernamentalidad no está, por definición, limitado a un ámbito preciso que se defina por un sector de escala, pero debe considerarse como un mero punto de vista, un método de desciframiento que puede ser válido para toda la escala, cualquiera sea su magnitud” (19). En otras palabras, deseaba verificar si la grilla de análisis asociada al concepto de gubernamentalidad podía resultar eficaz a la hora de abordar la cuestión del Estado.

Justamente esta cuestión del Estado está en la base de la segunda razón que esgrimía para analizar el neoliberalismo alemán, la de la “moralidad crítica”. Dice Foucault: “… podríamos decir que lo que se pone en cuestión en la actualidad, y a partir de horizontes extremadamente numerosos, es casi siempre el Estado; el Estado y su crecimiento indefinido, el Estado y su omnipresencia, el Estado y su desarrollo burocrático, el Estado con los gérmenes de fascismo que conlleva, el Estado y su violencia intrínseca debajo de su paternalismo providencial… En toda esta temática de la crítica del Estado, creo que hay dos elementos que son importantes y que volvemos a encontrar de manera constante” (20 218-219, NB). Estos elementos son:

  1. “la idea de que el Estado posee en sí mismo y en virtud de su propio dinamismo una especie de poder de expansión, una tendencia intrínseca a crecer, un imperialismo endógeno que lo empuja sin cesar a ganar en superficie, en extensión, en profundidad, en detalle, a tal punto y tan bien que llegaría a hacerse cargo por completo de lo que para él constituye a la vez su otro, su exterior, su blanco y su objeto, a saber, la sociedad civil”;
  2. “el segundo elemento que encontramos de manera constante en estos temas generales de fobia al Estado es la existencia de un parentesco, una suerte de continuidad genética, de implicación evolutiva entre diferentes formas estatales, el Estado administrativo, el Estado benefactor, el Estado burocrático, el Estado fascista, el Estado totalitario, todos los cuales son […] las ramas sucesivas de un solo y mismo árbol que crece en su continuidad y su unidad y que es el gran árbol estatal” (21)

Para Foucault, estas ideas recurrentes sobre el Estado, convertidas en sentido común, “ponen en circulación cierto valor crítico, cierta moneda crítica que podríamos calificar de inflacionaria” (22). Esta “moneda crítica” es “inflacionaria” por cuatro razones, que creo necesario reproducir en extenso, tal cual fueron expuestas por Foucault, ejemplos incluidos:

  1. “esa temática hace crecer, y con una velocidad que se acelera sin cesar, el carácter intercambiable de los análisis. Desde el momento, en efecto, en que se puede admitir que entre las distintas formas estatales existe esa continuidad o parentesco genético, y puesto que se puede atribuir al Estado un dinamismo evolutivo constante, resulta posible no solo apoyar los análisis unos sobre otros, sino remitirlos unos a otros y hacerles perder la especificidad que cada uno de ellos debería tener. En definitiva, un análisis, por ejemplo, de la seguridad social y del aparato administrativo sobre el que éste se apoya nos va a remitir, a partir de algunos deslizamientos y gracias al juego de palabras, al análisis de los campos de concentración. Y de la seguridad social a los campos de concentración se diluye la especificidad – necesaria, sin embargo – del análisis. Por lo tanto, inflación, en el sentido de que hay crecimiento de la intercambiabilidad de los análisis y pérdida de su especificidad”;
  2. “permite practicar los que podríamos llamar una descalificación general por lo peor, habida cuenta de que, sea cual fuere el objeto del análisis, sea cual fuere la tenuidad, la exigüidad del objeto de análisis, sea cual fuere el funcionamiento real del objeto del análisis, siempre se lo puede remitir, en nombre de un dinamismo intrínseco del Estado y de las formas últimas que ese dinamismo puede asumir, a algo que va a ser lo peor… [P]ara situarnos un poco imaginemos, que en un sistema como el nuestro, el desventurado destructor del escaparate de un cine va a parar a los tribunales y recibe una condena un poco pesada; siempre encontraremos gente que dirá que esa condena es el signo de una fascistización del Estado, como si, mucho antes de cualquier Estado fascista, no hubiera condenas de ese tipo, y mucho peores”;
  3. “estos análisis permiten evitar pagar el precio de lo real y lo actual, en la medida en que, en efecto, en nombre del dinamismo del Estado, siempre se puede encontrar algo así como un parentesco o un peligro, algo así como el gran fantasma del Estado paranoico y devorador. En ese sentido, poco importa en definitiva qué influjo se tiene sobre lo real o qué perfil de actualidad presenta éste. Basta con encontrar, a través de la sospecha, y como diría Francois Ewald, de la ‘denuncia’, algo parecido al perfil fantasmático del Estado, para que ya no sea necesario analizar la actualidad”;
  4. “no efectúa, a mi entender, su propia crítica ni su propio análisis. Es decir que no se busca saber de dónde viene realmente esa especie de sospecha antiestatal, esa fobia al Estado que circula hoy en tantas formas diversas de nuestro pensamiento. Ahora bien, me parece que ese tipo de análisis – y es por eso que he insistido en el neoliberalismo de las décadas 1930-1950 –, esa crítica al Estado, esa crítica del dinamismo intrínseco y en apariencia irredimible del Estado, esa crítica de las formas estatales que encajan unas en otras, se llaman unas a otras, se apoyan unas en otras y se engendran de manera recíproca, la encontramos ya formulada de manera concreta, perfecta y muy clara en los años 1930-1945, esta vez con una localización bien precisa. En esa época no tenía la fuerza de circulación que tiene en nuestros días. Se la encontraba muy localizada dentro de las elecciones neoliberales que se formulaban en ese momento. Esta crítica del Estado polimorfo, omnipresente, todopoderoso, la encontramos en esos años, cuando para el liberalismo o el neoliberalismo o, más precisamente aún, para el ordoliberalismo alemán, se trataba a la vez de deslindarse de la crítica keynesiana, criticar las políticas, digamos, dirigistas e intervencionistas de tipo New Deal o Frente Popular, criticar la economía y la política nacionalsocialistas, criticar las decisiones políticas y económicas de la Unión Soviética y, para terminar y de manera más general, criticar el socialismo. Allí, en ese clima y, si tomamos las cosas en su forma más restringida o casi más mezquina, en esa escuela neoliberal alemana, hallamos ese análisis de los parentescos necesarios y de algún modo inevitables de las diferentes formas estatales y la idea de que el Estado tiene en sí mismo una dinámica propia por la que jamás puede detenerse en su ampliación y en su cobertura de la totalidad de la sociedad civil”. (23)

De la misma forma que consideré necesario reproducir en extenso las palabras textuales de Foucault sobre el carácter “inflacionario” de esta “moneda crítica” sobre el Estado, paso a transcribir en extenso las dos tesis que propone a continuación:

  1. “la tesis de que el Estado providencia, el Estado de bienestar, no tiene la misma forma, claro está, ni a mi entender la misma cepa, el mismo origen que el Estado totalitario, nazi, fascista o estalinista. También querría indicarles que ese Estado que podemos calificar de totalitario, lejos de caracterizarse por la intensificación y la extensión endógena de los mecanismos estatales, ese llamado Estado totalitario no es en absoluto la exaltación del Estado, sino que constituye, por el contrario, una limitación, una disminución, una subordinación de su autonomía, su especificidad y su funcionamiento característico. ¿Con respecto a qué? Con respecto a algo distinto que es el partido. En otras palabras, la idea sería que el principio de los regímenes totalitarios no debe buscarse por el lado del desarrollo intrínseco del Estado y sus mecanismos; para decirlo de otro modo, el Estado totalitario no es el Estado administrativo del siglo XVIII, el Polizeistaat del siglo XIX llevado al extremo, no es el Estado administrativo, el Estado burocratizado del siglo XIX llevado al límite. El Estado totalitario es algo distinto. Es menester buscar su principio no en la gubernamentalidad estatizante o estatizada cuyo nacimiento presenciamos en los siglos XVII y XVIII, sino justamente por el lado de una gubernamentalidad no estatal: en lo que podríamos llamar una gubernamentalidad de partido. El partido, esa organización muy extraordinaria, muy curiosa, muy novedosa, la muy novedosa gubernamentalidad de partido aparecida en Europa a fines del siglo XIX, es probablemente […] lo que está en el origen histórico de algo como los regímenes totalitarios, como el nazismo, como el fascismo, como el estalinismo”;
  2. “lo que hoy está en cuestión en nuestra realidad no es tanto el crecimiento del Estado y la razón de Estado sino más bien, y mucho más, su disminución, que en nuestras sociedades del siglo XX vemos surgir en dos formas: una es precisamente la disminución de la gubernamentalidad de Estado por obra de la gubernamentalidad de partido, y, por otro lado, la otra forma de disminución es la que podemos constatar en regímenes como el nuestro, en los que se intenta buscar una gubernamentalidad liberal. Me apresuro a agregar que, al decir esto, procuro no emitir ningún juicio de valor. Al hablar de gubernamentalidad liberal no quiero, mediante la utilización del término ‘liberal’, sacralizar o valorizar desde el comienzo ese tipo de gubernamentalidad. Tampoco pretendo decir que no sea legítimo, si se quiere, odiar al Estado. Me parece, sin embargo, que lo que no debemos hacer es imaginarnos que describimos un proceso real, actual y que nos concierne, cuando denunciamos la estatización o la fascistización, el establecimiento de una violencia estatal, etc. Todos los que participan en la gran fobia al Estado, sepan bien que están siguiendo la corriente y que, en efecto, por doquier se anuncia desde hace años y años una disminución efectiva del Estado, de la estatización y de la gubernamentalidad estatizante o estatizada […] Digo que no debemos engañarnos sobre la pertenencia al Estado de un proceso de fascistización que le es exógeno y que compete mucho más a su disminución y su dislocación. Quiero decir asimismo que no hay que engañarse acerca de la naturaleza del proceso histórico que en nuestros días hace que el Estado sea a la vez tan intolerable y tan problemático. Y por eso, por esa razón, si se quiere, tenía la intención de estudiar con un poco de detenimiento la organización de lo que podríamos llamar el modelo alemán y su difusión, teniendo en cuenta, por supuesto, que dicho modelo alemán, tal como traté de describirlo […], no es el modelo tan frecuentemente descalificado, desterrado, vilipendiado, vomitado del Estado bismarckiano en proceso de convertirse en hitleriano. El modelo alemán que se difunde, el modelo alemán que está en cuestión, el modelo alemán que forma parte de nuestra actualidad, que la estructura y la perfila en su recorte real, es la posibilidad de una gubernamentalidad neoliberal” (24).

¿Por qué reproducir en extenso los planteamientos textuales de Foucault? Por varias razones. En primer lugar, para ofrecer al lector no familiarizado con su obra, o con una idea todavía muy general sobre ella, un apretado y muy esquemático resumen de la manera como concibe la analítica del poder en general, y el análisis del Estado en particular. En segundo lugar, porque creo importante discutir la pertinencia de su crítica sobre la “sobrevaloración” del Estado, que claramente concierne a la manera como ha sido abordado tradicionalmente este asunto desde el marxismo. En tercer lugar, porque me parece que Foucault acierta cuando afirma que el Estado no es un universal, una abstracción, un monstruo frío, o simplemente un instrumento de dominación de clase (que también lo es), sino fundamentalmente “el efecto móvil de un régimen de gubernamentalidades múltiples”, y que por tanto el énfasis debe estar puesto en analizar estas gubernamentalidades. En cuarto lugar, más o menos por las mismas razones de “moralidad crítica” que esgrimía Foucault, en tanto que seguimos reproduciendo el mismo sentido común sobre el Estado, que nos impide permanentemente comprender su funcionamiento. En nuestro caso, por ejemplo, se hizo moneda corriente denunciar el burocratismo de Estado, o su carácter burgués, y asumimos que eso era suficiente para dar cuenta de la realidad sobre el Estado, para descubrir su esencia, dejando de lado la tarea principal: analizar qué lógicas gobiernan al Estado venezolano, cuáles gubernamentalidades lo tensionan y, si fuera el caso, cuál es el tipo de gubernamentalidad que lo define. En quinto lugar, y esto también tiene que ver con razones de “moralidad crítica”, porque suscribiendo algún tipo de fobia al Estado, ignorantes de la economía general de poder que supone la gubernamentalidad neoliberal, puede ocurrir que un desventurado día nos descubramos “siguiendo la corriente”, es decir, jurando que vamos contra la corriente cuando denunciamos, por ejemplo, los peligros de la estatización, cuando en realidad estamos repitiendo las mismas ideas que, tan lejos como en el período entre guerras, ya esgrimían los neoliberales alemanes. Ideas que sin duda alguna se han hecho predominantes hoy día, y de allí la indiscutible actualidad de la advertencia que oportunamente hacía Foucault, cuatro décadas atrás. Valga acotar, por cierto, y para decirlo más explícitamente, que estamos siguiendo la corriente cuando asumimos como un hecho que no requiere ni demostración ni la mínima discusión, el fracaso de la gestión pública en general, y depositamos nuestra confianza en la fuerza “autorreguladora” del mercado, por más que se insista en hablar de socialismo.

En último lugar, tal vez, porque sin ser un experto en su obra, cosa que no me interesa en lo absoluto, como no me interesa, ni mucho menos, pasar por su exégeta, creo necesario reivindicar la “grandeza” de Foucault, más o menos en los mismos términos que Gilles Deleuze reivindicaba la “grandeza de Marx” (25). Porque de la misma forma que Marx ha sido convertido en una caricatura grotesca por muchos marxistas, hay un Foucault adocenado o, mejor dicho, una cierta intelectualidad adocenada que, por ejemplo, ha hecho del filósofo una suerte de campeón de los micropoderes, un impenitente defensor de los marginados y los locos, restándole por tanto toda potencia subversiva a sus análisis. Parafraseando a Deleuze, no entiendo qué quiere decir la gente cuando dice que Foucault se ha equivocado. Hay tareas urgentes: una de ellas, echar mano de conceptos que nos permitan comprender las lógicas que gobiernan al Estado. Y para hacerlo, hay que pasar por Foucault.

Como quiera que puede objetarse, con toda razón, que difícilmente el análisis históricamente situado que realiza Foucault sobre la economía general de poder pueda trasladarse, sin más, a la actualidad venezolana, es preciso puntualizar algunas cuestiones. Por una parte, y como ya veíamos, a partir de Nacimiento de la biopolítica, Foucault apela a una definición un tanto más “abstracta” de gubernamentalidad. Para Michel Senellart, en efecto, en la obra del filósofo, “el concepto de ‘gubernamentalidad’ se desliza de manera gradual de un sentido preciso, históricamente determinado, a una significación más general y abstracta […]. En 1979, la palabra ya no designa solo las prácticas gubernamentales constitutivas de un régimen de poder particular […], sino ‘la manera como se conduce la conducta de los hombres’; sirve así de ‘grilla de análisis para las relaciones de poder’ en general” (26). Por otra parte, y en todo caso, en lugar de pretender trasladar sin más no solo el análisis de Foucault, sino por ejemplo el de Marx o el de cualquier otro u otra, lo que habría que probar es la eficacia de sus respectivas “grillas de análisis” en realidades distintas a las estudiadas por estos autores, además sin temor a que tal o cual concepto sea sometido al riesgo de “contaminación”.

Parafraseando al mismo Foucault, nuestros análisis tienen que ser capaces de pagar el precio de lo real, lo actual y, más allá, de la práctica. Lo contrario es limitarnos a realizar análisis “inflacionarios” o, como advertía Marx en su segunda tesis sobre Feuerbach, “escolásticos”: “Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico” (27).

Respecto de la obra foucaultiana puede decirse algo muy similar a lo que bien señalaba Miguel Mazzeo a propósito de la obra de Marx, y de las “inmersiones” del marxismo en nuestras realidades: “puede salir entero, coherente, fragante, desinfectado, impecable como un teorema, consistente como un dogma, coagulado en una doctrina. Puede conservar su sistema simbólico virgen e inmaculado, igualmente su sintaxis, su fonética, su léxico. Pero, probablemente, pagará el costo de la infertilidad y la letra muerta. No hará posible el surgimiento de nuevas significaciones. Y así, los y las marxistas, con su saber inodoro, incoloro e insípido, podrán rozar el goce como modo des-subjetivizante de relación con los otros y las otras, pero desconocerán la experiencia del placer y la felicidad”. (28)

Existe, quién puede dudarlo, y casi podría afirmarse que prevalece, un tipo de análisis que se reclama foucaultiano, enteramente infértil, que evita a toda costa cualquier inmersión en la realidad, que prefiere la pulcritud de los libros, que cultiva el preciosismo, que es expresión del peor academicismo, cuya máxima aspiración es la redacción de papers, que siente una particular repulsión por la política, siendo por tanto despolitizante, que se siente como en casa aprendiendo la historia de las sociedades modernas occidentales, pero que se siente ajeno y desorientado en la propia casa.  

Sobre la recepción de la obra de Foucault en el Sur global, el análisis de la gubernamentalidad neoliberal, y a propósito de la célebre definición foucaultiana de biopoder (hacer vivir y dejar morir), advertía Athena Athanasiou: “No creo que sea posible ser exactos si discutimos que lo que determina nuestra particular fase neoliberal es una configuración ‘anacrónica’ del poder centrado en la muerte antes que en la vida”. Es preciso, plantea, realizar “una crítica no lineal de las formaciones contemporáneas de poder y los modos de constitución de las subjetividades que da lugar a las manifestaciones contemporáneas e inseparables de desubjetivación y subjetivación, deshumanización y humanización: ‘dejando vivir’ y ‘haciendo morir’, ‘haciendo vivir’ y ‘dejando morir’, para usar los términos de análisis de la retórica foucaultiana”.

Athanasiou se manifiesta contraria a una “lectura reductiva de la genealogía de la biopolítica de Foucault, que tiende a poner entre paréntesis o minimizar una modalidad de poder en favor de otra”, siendo necesario, y he aquí lo central de su propuesta, “tener en cuenta críticamente la coimplicación integral y el grado de contemporaneidad de formaciones ‘represivas’ y ‘productivas’ de gobierno de sí y de los otros”. Por una parte, la gubernamentalidad neoliberal, “en toda su fuerza de extracción de ganancia represiva, subyugante, brutal y tanatopolítica, no ha perdido su bio-productividad performativa en la capacitación de modos de vivir la subjetividad así como la inculcación de fantasías normativas y efectos de verdad relacionados con la ‘buena vida’ en sujetos propietarios de sí (una vida definida, por ejemplo, por la posesión de la propiedad, el fetichismo de la mercancía, la incitación al consumo, los regímenes securitarios, la pertenencia nacional, la auto-formación burguesa y la normalidad biopolítica)”. Por otra parte, empero, “quiebra y económicamente agota ciertas subsistencias, anulándolas, transformándolas en algo desechable y perecedero” (29). Athanasiou es un buen ejemplo del tipo de lecturas no reductivas de Foucault que habría que hacer, en tanto que rescata, en lugar de anular, su potencial subversivo.

En busca de la gubernamentalidad socialista

¿Existe algo así como una gubernamentalidad socialista? Foucault responde que no. En Nacimiento de la biopolítica afirma incluso que, más que una teoría del Estado, lo que le falta al socialismo es “una razón gubernamental, la definición de lo que sería en el socialismo una racionalidad gubernamental, es decir, una medida razonable y calculable de la extensión de las modalidades y los objetivos de la acción gubernamental”. Puede decirse que propone, sigue planteando, una racionalidad económica, una racionalidad histórica, incluso una racionalidad administrativa: posee “técnicas racionales de intervención, de intervención administrativa en ámbitos como la salud, los seguros sociales, etc.” No obstante, afirma, “creo que no hay gubernamentalidad socialista autónoma. No hay racionalidad gubernamental del socialismo. De hecho, el socialismo – y la historia lo ha demostrado – solo puede llevarse a la práctica si se lo conecta con diversos tipos de gubernamentalidad. Gubernamentalidad liberal, y en ese momento el socialismo y sus formas de racionalidad cumplen el papel de contrapeso, correctivo, paliativo a sus peligros internos”. También, continúa Foucault, el socialismo ha funcionado en gubernamentalidades que suponen un “Estado hiperadministrativo” (30) o, como ya veíamos, en gubernamentalidades no estatales, como la “gubernamentalidad de partido”.

Antes de ceder a la tentación de concentrar todos nuestros esfuerzos en dilucidar si Foucault tenía razón o no, pienso que lo importante, insisto, es analizar las racionalidades que gobiernan al Estado venezolano, las gubernamentalidades que lo tensionan.

De momento, solo una puntualización y una pregunta que debe quedar abierta. La primera se refiere al Estado: puede afirmarse que, desde el principio, el chavismo zanjó la cuestión de “la toma del poder” del Estado, marcando distancia de las diversas posturas políticas tributarias de lo que Foucault llamaba fobia al Estado. Pero digamos que lo hizo sin convertirlo en un fetiche, sin creer que ocupar el Estado significaba ya, de por sí, una revolución en sentido estricto, y sin creer que ocupar el Estado bastaba para hacer la revolución. El Estado debía ser ocupado para, como dijera Chávez en varias ocasiones, transformarlo: había que llegar al Gobierno, luego las fuerzas revolucionarias debían ser capaces de conservarlo, pero sobre todo debían ser capaces de transformar las formas de hacer gobierno, y no solo las formas, sino las estructuras del Gobierno y, más allá, del Estado. Esta tarea suponía, por supuesto, el despliegue de toda una política estratégica, un sinfín de tácticas, medidas, decisiones, iniciativas, políticas, gobernadas a su vez por lógicas o racionalidades que son las que tendríamos que analizar.

Luego, la pregunta, que refiere al sujeto popular, al mismo tiempo protagonista, objeto, pero sobre todo punto de apoyo, en el sentido arquimediano, de la política transformadora: ¿puede afirmarse que tal política estratégica tenía como propósito no solo conservar el poder para transformarlo, sino fundamentalmente ya no hacer morir y dejar vivir, ni hacer vivir y dejar morir, sino hacer vivir a lo que estaba condenado a morir?

Foto: LT

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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