Marx: profesor y educador de revolucionarios

Nota Traducción: Vanesa Aristizábal – Estambul Turquia

Los recuerdos de Wilhelm Liebknecht

Los recuerdos de Wilhelm Liebknecht, uno de los dos líderes del partido revolucionario de la clase obrera en Alemania a fines del siglo XIX, junto con August Bebel, muestran cómo Marx armaba científicamente a los líderes de la clase obrera. Marx no solo transmitió ideas acabadas a los líderes, sino que también los incentivó a realizar una investigación científica sistemática e independiente para que ellos pudieran contribuir al avance teórico del movimiento. En el texto también vemos algunos detalles interesantes como el gran énfasis de Marx en la lingüística, su método de aprendizaje de idiomas, su método de preparación de sus discursos, su poco interés por popularidad, etc.

Marx: profesor y educador de revolucionario

Wilhem Liebknecht

“El Moro” (Marx) siendo seis o siete años mayor que nosotros los “chicos jóvenes”, era consciente de la ventaja que su madurez de la daba sobre nosotros y así nos lo hacía sentir, particularmente a mí, en cada oportunidad. Con lo leído que era y con su fantástica memoria, no tuvo dificultad en ponernos en una constante encrucijada. Cómo disfrutó cuando pudo hacer una pregunta complicada a uno de los “chicos estudiosos” y demostrar, con su propio, ejemplo la miseria de nuestras universidades y la educación académica.

Sin embargo él nos estaba educando y lo estaba haciendo de manera planificada. Puedo decir que él fue mi maestro en ambos sentidos de la palabra, el más estricto y el más amplio. Teníamos que aprender de él en todas las ramas, y por supuesto la economía política, campo en el que se movía como pez en el agua. Más adelante hablaré de sus discursos en la Liga Comunista sobre ese tema. Marx se desenvolvía bien tanto en los idiomas antiguos como modernos. Yo era filólogo, pero cuando me mostraba un pasaje difícil de Aristóteles o Esquilo que no podía interpretar correctamente de inmediato, le daba un placer infantil. ¡Cómo me regañó un día porque no sabía… español! Sacó a Don Quijote de una pila de libros y comenzó a enseñarme. Yo ya había aprendido del libro de Gramática comparativa de las lenguas romances de Diez, los principios básicos de la gramática y la construcción de una oración; así que progresé mucho en poco tiempo, cuando tuve dudas o me encontré con obstáculos que no podía superar, con su excelente orientación y cuidadosa ayuda. ¡Y qué maestro tan paciente era, él que era tan duro en otras ocasiones! Las lecciones solo eran interrumpidas cuando entraba algún visitante. Todos los días me evaluaba y yo tenía que traducir un pasaje de Don Quijote o algún otro libro en español hasta que me considerara lo suficientemente capaz.

Marx era un filólogo extraordinario, aunque dominaba más las lenguas modernas que las lenguas antiguas. Tenía un amplio conocimiento de la gramática alemana de los hermanos Grimm y conocía mucho mejor que yo, un lingüista, la parte publicada del diccionario de los Grimm. Podía escribir en inglés y francés tan bien como un nativo, aunque su pronunciación era algo defectuosa. Sus artículos para el New York Daily Tribune fueron escritos en inglés clásico, y su Miseria de la filosofía contra la Filosofía de la Miseria de Proudhon, en francés clásico. Sus amigos franceses, a quienes mostró este último libro antes de que fuera publicado, hicieron correcciones solo en unos pocos puntos.

No fue difícil para Marx aprender algún idioma extranjero, pues entendía la esencia del mismo y estudiaba su origen, desarrollo y estructura.  En Londres aprendió ruso y, durante la Guerra de Crimea, incluso tuvo la intención de estudiar turco y árabe, pero no pudo hacerlo. Como alguien que realmente desea dominar un idioma, le dio gran importancia a la lectura de libros en ese idioma. Un hombre con buena memoria —y Marx tenía una tan extraordinaria que nunca olvidó nada— podía mejorar rápidamente su vocabulario y comenzar a construir oraciones cortas. De allí que en la práctica aprendiera fácilmente.

En 1850 y 1851, Marx dio una serie de clases sobre economía política. Era reacio a hacerlo, pero una vez que había dado algunas lecciones privadas a algunos de sus amigos más cercanos, nos dejó persuadirlo para que diera clases a públicos más amplios. En esta lección, que dio a todos un gran placer, Marx desarrolló plenamente los principios de su sistema tal como lo vemos expuesto en el Capital. En el abarrotado salón de la Asociación de Educación Comunista, que en ese momento estaba en Great Windmill Street—  el mismo salón en el que se había adoptado el Manifiesto comunista un año y medio atrás—, Marx mostró un gran talento para difundir el conocimiento. Nadie estaba más en contra de la vulgarización de la ciencia, es decir, de falsificarla, desviarla y atrofiarla, que él. No creo que nadie tuviera más talento que él para expresarse claramente. La claridad del discurso fue producto de la claridad del pensamiento: el pensamiento claro necesariamente conduce a un lenguaje claro.

Marx procedió de manera metódica. Primero formuló una propuesta, —lo más brevemente posible—, y luego la explicó extensamente, evitando con sumo cuidado las expresiones que los trabajadores tuvieran dificultades para comprender. Después invitó a los participantes a hacer preguntas. Si nadie preguntaba, él mismo comenzaba a preguntar con tanta habilidad pedagógica que no se le escapó ningún vacío o malentendido.

Un día, expresando mi sorpresa por esta habilidad, me dijeron que Marx ya había dado conferencias en la Asociación de Trabajadores de Bruselas. En resumen, tenía todas las cualidades que lo convertían en un excelente maestro. En las lecciones, también hizo uso de una pizarra en la que escribió fórmulas, incluidas las que todos conocemos al principio del Capital.

Lamentablemente, este curso duró solo seis meses. Unos elementos que a Marx no le gustaban entraron en la Asociación de Educación Comunista. Cuando la marea de la emigración había disminuido, la Asociación se hizo pequeña y se volvió algo sectaria, los

viejos seguidores de Weitling y Cabet aparecieron en la escena nuevamente. Marx, a quien no le gustaba un ambiente tan cerrado, tenía un trabajo más importante que limpiar viejas telarañas y se alejó de la Asociación.

Marx era un purista del idioma de manera tan exagerada casi siendo un enfermo por el tema. Mi acento de la Alta Hesse, que se aferró a mí como una piel -o quizás yo me aferré a él-, hizo que me ganara de él largos discursos al respecto. Si me centro en tales pequeñeces es solo para mostrar la forma en que Marx se ocupó de la educación de nosotros los “chicos jóvenes”.

Lógicamente, esto se manifestó también de otras maneras. Fue muy exigente con nosotros. En tanto notaba una deficiencia o falla en nuestro conocimiento, insistía con la mayor fuerza en que lo corrigiéramos y nos daba el consejo correcto sobre cómo hacerlo. Cualquiera que estuviera solo con él sería sometido  regularmente a pruebas. Tales exámenes no fueron broma. No podías arrojar polvo a sus ojos. Tan pronto como veía que sus esfuerzos se desperdiciaban con alguien, ese era el fin de su amistad. Fue un honor para nosotros ser “aleccionados” por él. Siempre he sabido que aprendía algo cada vez que estaba con él.

En aquellos días, solo una pequeña minoría en la clase trabajadora había alcanzado el nivel del socialismo, y entre estos socialistas solo una minoría eran socialistas en el sentido científico que Marx le dio al concepto: el sentido del Manifiesto Comunista. La mayor parte de los trabajadores que parecían cierto nivel de conciencia política, eran prisioneros de deseos y frases democráticas sentimentales, característicos de la Revolución de 1848, algo que prevaleció antes y después de eso. El aplauso de la multitud y la popularidad, fueron para Marx una prueba de que una persona estaba en el camino equivocado, y su lema favorito fue la honorable consigna de Dante: “Segui il tuo corso, e lascia dir le genti!” – ¡Sigue tu curso y deja que la gente murmure!

Con frecuencia citaba esa frase, con la misma concluyó su Prefacio del Capital. Nadie es insensible a los golpes, empujones, picaduras de mosquitos o insectos; y con qué frecuencia Marx, atacado por todos lados y atormentado por la lucha por subsistir, mal entendido por los trabajadores para quienes él forjó las armas, en el silencio de la noche, para su emancipación, incluso a veces menospreciado por ellos, mientras seguían a charlatanes vanos, traidores disimulados o incluso enemigos declarados, ¡con qué frecuencia debió repetirse a sí mismo en la soledad de su pobre y  genuino estudio proletario, las palabras del gran florentino para darse coraje y energía fresca!
Nunca iría por mal camino. A diferencia del príncipe de las Mil y Una Noches que renunció a la victoria y al premio de la victoria aterrorizado por el ruido y los fantasmas a su alrededor, Marx miró hacia atrás y hacia adelante, y avanzó siempre mirando hacia su brillante objetivo…

El odio que sentía por la popularidad era tan grande como por aquellos que la perseguían. Detestaba a los buenos oradores y a cualquiera que se dedicara a la fraseología. Con esas personas era implacable. Demagogo era el peor insulto que él podía hacer, y una vez que descubría que alguien era uno de ellos, rompía con él. Siempre nos inculcó a los “chicos jóvenes” la necesidad del pensamiento lógico y una claridad en las palabras, y nos obligaba a estudiar.

Para esa época, la magnífica sala de lectura del Museo Británico con su inagotable tesoro de libros fue terminada. Marx iba allí todos los días y nos insistió a ir también. ¡Estudien! ¡Estudien! Esa era la única orden categórica que no se cansaba de repetir y que nos daba con su ejemplo y el trabajo continuo con su poderoso cerebro.

Mientras los otros emigrantes planeaban diariamente una revolución mundial y día tras día, noche tras noche se intoxicaban con la consigna que para ellos fue un opio: “¡Mañana comenzará!”, nosotros, la “banda rebelde”, los “bandidos”, los “perros callejeros”, pasábamos nuestro tiempo en el Museo Británico e intentamos educarnos, preparando las armas y las municiones para la futura lucha.

A veces no teníamos ni un bocado de comida, pero eso no impedía que fuéramos al Museo, porque allí teníamos sillas cómodas para sentarnos y en invierno era cálido y acogedor, algo que no pasaba en casa, cosa que algunos ni siquiera tenían.

Marx era un maestro severo: él no solo nos instaba a estudiar, sino que también se aseguró de que lo hiciéramos.

Durante mucho tiempo estuve estudiando la historia de los sindicatos ingleses. Todos los días me preguntaba qué tan lejos había llegado y no me dejaba en paz hasta que pronunciaba un largo discurso ante una gran audiencia. Él también estaba presente. No me elogió, pero tampoco hizo ninguna crítica negativa, él no tenía la costumbre de alabar solo lo hacia por quien sentía lástima, por esta razón me consolé por la ausencia de elogios. Luego, cuando discutimos sobre una afirmación que había hecho, lo consideré como un elogio indirecto.

Como profesor, Marx tenía la rara cualidad de ser rígido sin desanimar a los demás. Y otra de sus cualidades notables fue que nos obligó a ser críticos con nosotros mismos y no nos permitió alardear de nuestros logros. Él sabía suavizar una crítica cruel a veces con la ironía y otras con la broma.

1 Aristóteles (384-322 B.C.)—destacado filósofo y científico griego.— Ed.

2  La Guerra de Crimea o Guerra del Este de 1853 a 1856, fue llevada a cabo por Rusia contra Gran Bretaña, Francia, Turquía y Cerdeña por la dominación del Medio Oriente. Rusia fue derrotada en esta guerra— Ed.

3 La Asociacion Educativa de los Trabajadores en Bruselas fue fundada por Marx y Engels en agosto de 1847 con el objetivo político.

4 Weitling, Wilhelm (1808 – 1871) — uno de los teóricos del comunismo utópico equitativo; sastre de oficio.— Ed.
5 J. Cabet, Étienne (1788 – 1871 )— prominente representante del comunismo utópico, fundador de una colonia comunista en América.— Ed.

https://archive.org/details/marxengelsthroughtheeyesoftheircontemporaries

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