Cuentos Latinoamericanos para pasar la Cuarentena

Continuamos hoy la serie de cuentos de escritores Latinoamericanos Para Pasar la Cuarentena con el escritor Mexicano  Hernán Arturo Ruiz.

Huellas en el camino

Yo soy de la mera sierra y todo el tiempo he sembrado.

LOS TUCANES DE TIJUANA

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Me despertó el ruido de motores y aleteos. Lourdes me gritó: ¡Levántate, Meño, andan los marinos en el aire! Salté de la cama y corrí descalzo hacía afuera. En la calle todo el pueblo veía cómo los boludos volaban hacia los cerros. En mi radio se escuchó: Los marinos, los marinos. Van pa San Juan, buzos, buzos. Pélense. Dos boludos se perdieron entre las lomas y luego fueron los disparos. La gente corrió, yo agarré a mi vieja del brazo y nos metimos a la casa, traté de llamar a Julián por el radio pero no contestó.

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—Voy por el plebe —le dije a Lourdes mientras me ponía los zapatos—, te me quedas aquí y le pones tranca a la puerta en cuanto me vaya. 

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Salí por atrás con el cuerno terciado en la espalda, solo pensaba en llegar al Jardincito y ver a mi hijo y a su mujer escondidos entre los arbustos, que el muchacho me dijera: tranquilo, apá, aquí no fue el desmadre, venga y escóndase hasta que se vayan los marinos. Corrí con un fuerte dolor en las costillas, brincando los troncos caídos y resbalando en las partes empinadas. Cuando subía la última colina noté el humo y el olor a marihuana.

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Pero bueno, de eso ya no quiero hablar, de seguro usted ya conoce la historia, y es que aquí todo se sabe. Basta con asomarse por la ventana pa enterarse, por ejemplo, que al hijo de Maruca lo levantaron en la Presa, o que a Chema el del abarrote, los soldados se lo llevaron que porque tiraba perico. Nomás se asoma y se entera, no necesita preguntar, basta con ver,  y es que parece como si el pueblo hablara con imágenes: el abarrote cerrado, la Maruca llorando en casa de Faustina. Imágenes y sonidos: las motos que van y vienen por el pueblo, los carros bajando de la Ciénaga llenos de mota y amapola, los boludos asustando a la gente y a los animales, y a veces el silencio que es el más cabrón de todos. ¿Que qué son los boludos? ¡Ah que mi compa!, se nota que no es de aquí, pos así es como le decimos a los helicópteros. 

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De La Cofradía pa arriba todos se dedican a sembrar mota y amapola, que no le quepa duda, hasta los niños primero aprenden a rayar y luego a leer si les dan ganas. Yo mismo heredé un pedazo de tierra a cuatro cerros del pueblo, bien escondidito, nomás yo, mi vieja y mi muchacho sabíamos cómo llegar. Por aquellos años mis días comenzaban a las cuatro de la mañana. Después de tomar café y huevos revueltos con cualquier cosa, me echaba el cuerno al hombro y con Juliancito me perdía en el monte. Ora sí, como dice la canción: cruzando cerros y arroyos, pero no pa ver a nadie sino para llegar al Jardincito, que era como Julián había llamado a nuestra tierra. Por fortuna, nuestros cultivos no necesitaban de muchos cuidados como el maíz o la calabaza, bastaba con tirar las semillas y esperar a que lloviera, y si la lluvia no llegaba, entonces mandaba al plebe cuesta bajo pa que conectara la manguera de un ojo de agua. Después de eso me quedaba a gusto fumándome un gallito y viendo la tierra humedecerse, mientras Julián gritaba desde abajo: Ya quedó apá, ya voy pa arriba. La chinguita era no quedarse dormido con toda esa calma, porque además teníamos que estar alertas de los guachos que pasaban en sus ruidosos boludos, nomás los divisábamos en el horizonte y nos metíamos entre los arbustos hechos bolita. Por suerte, el Jardincito estaba rodeado de grandes y frondosos encinos que nos hacían el favor de escondernos… “Mire, apá, es como si la Sierra nos cuidara del gobierno”, decía Julián cuando tenía doce años y yo le contestaba que sí.

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En octubre empezaba lo mero bueno. La amapola estaba lista pa rayarse y la marihuana apilada esperando a que la despataran. Como era mucha la friega nos traíamos de Culiacán a un sobrino y hasta mi vieja nos echaba la mano. A las cinco de la mañana, luego de tomar el desayuno y terciarnos los fusiles, nos íbamos los cuatro al Jardincito, así, mientras Julián y Tadeo despataban y pizcaban la mota, Lourdes y yo nos poníamos a rayar. No se crea, rayar la amapola no es cosa fácil, tiene su maña, hay que hacerlo suave, con cariño, incluso hay locos que les hablan a las flores. Los ridículos las toman delicadamente y empiezan con sus: Buenos días, bonita, no seas mala, lléname el pomo, y ahí se les va la mañana. A mí no me gusta ese rollo, yo a lo que voy, suave pero firme con la cuña de madera hasta que las gotitas caen en el recipiente de desodorante. Nomás que con mucho cuidado, que no se le olvide, porque de otra forma como que la planta se aprieta y no suelta la goma. Entonces te enojas, maldices y terminas arrancándola.

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Solo tres veces me cayó el gobierno, la primera vez me agarraron zurrando mientras Julián dormía sobre la mota despatada. Nos quemaron todo, y nos dijeron que más valía que nos peláramos si no queríamos terminar en la Ciudad de México. Eso también se supo en el pueblo, ya ve que le dije que aquí todo se sabe, pues así pasó. Llegamos a la casa y ya estaban ahí tres compadres míos listos pa corretear a los soldados. No te agüites, Meño, me dijeron alcanzándome un cuernito recortado. Yo les agradecí y les dije que mejor era dejar las cosas tal y como estaban. Total, pal otro año vuelvo a sembrar y pura madre me la queman. Entonces nos pasamos la noche tomando vino y escuchando corridos de Chalino y el As de la Sierra. Cada uno de ellos me dio tres mil pesos para sobarme el fregazo del gobierno. Encendimos una fogata y bebimos mientras del estéreo de una camioneta el As narraba la historia de Barbarino: Iba a rifarse la vida, a buscar aquel bandido. En ese momento, al calor de la fogata y la bebida, me levanté y canté pero modificando un poco la letra: en el rostro de los guachos, se les dibujó la muerte, y los sube a su Marquis para llevárselo al jefe. Todos aplaudieron y seguimos tomando mientras uno de ellos descargaba un cuerno apuntando al cielo. 

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La segunda vez que aparecieron ya estaba preparado. Me habían dado un radio los del pueblo, y avisaron, aunque no tan rápido como yo hubiera querido. Llegó un comandante junto a diez solados y lo saludé con una paca de billetes y un colotón de goma. 

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—Pa que se harten, mi comandante —y le extendí el regalo. 

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  Se fueron riendo los pendejos, pero al menos nos dejaron intacto el sembradío. Al anochecer, cuando Julián y yo volvimos a la casa, nos topamos con que todo el pueblo ya estaba enterado de mi segundo encuentro con los guachos, y se les metió en la cabeza que andaba podrido en dinero. Todos los días llegaban pidiéndome prestado. Maruca, Faustina, gente que jamás había mirado, y hasta el mero mero del lugar mandó a unos pistoleros suyos pa cobrarme piso. Tuve que explicarles que la feria soltada a los soldados era la comida de dos meses en mi casa, y a muchos hasta los metí a la cocina pa que vieran que solo tenía agua y un costal de frijol viejo. Nomás eso hay, ya no queda ni pa el queso o las tortillas, les dije. A partir de ese momento nos vieron como los salados del pueblo. ¿Y qué iba a hacer uno? Nada más que mandarlos al carajo y seguir jalando. Ora más que nunca mi plebe y yo nos enfierramos bien firmes con la idea de que si se nos volvía a atravesar otro soldado le contestaríamos con la tartamuda. 

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—Que no le tiemble la mano —le dije a mi hijo con el ceño fruncido—, si ves un verde te lo chingas. 

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—Sí, apá —contestó el Julián emocionado.

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Así pasamos unos años, ansiosos de que apareciera el gobierno, pero no volvió y nosotros seguimos trabajando. Cuando Julián cumplió dieciocho años se robó a una plebe de la Ciénaga. Los hermanos y el padre de ella los buscaron con los machetes en la mano por una semana. Cuando supe eso fui a verlos personalmente con mis tres compadres y nos arreglamos pa que los muchachos se casaran. Así fue cómo la familia creció y ya éramos cinco, contando a la Andrea y al chamaco que llevaba en la panza. Estando ella el trabajo se nos hizo más sencillo, porque, nomás pa que se de cuenta, las mujeres de la Sierra son más duras que el cuero de cochi, y con todo y niños caminan por los cerros. Los cuatro nos íbamos a pizcar y a rayar, pa ese entonces el Tadeo había encontrado trabajo estable en la ciudad, pero ya ni lo ocupábamos. Por mucho tiempo nuestro producto nos dejó buenas ganancias. Levantamos una casa grande de ladrillos, compramos vacas y caballos y ya había forma de prestar dinero y pagarle al mero mero pa que nos cuidara de su misma gente. Mi vieja y mi nuera agarraron la costumbre de ir a la capital y hartarse de ropa en el mercadito Buelna. Traían chamarras, perfumes, cremas y bolsas retacadas de desodorante pa seguir juntando la goma. 

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¿Se acuerda que le dije que aquí todo se sabe?, pues también se supo cuando nos cargó la chingada. Fue la tercera vez que cayó el gobierno. Una mañana en la que amanecí con mucha fiebre y la vieja me dijo que lo mejor era que me quedara en casa, que Julián y su mujer podían encargarse del trabajo. Le dije que no, a mí no me gustaba estar lejos de mi tierra y mis cultivos, pero Lourdes fue insistente y pa qué alegar con las mujeres, luego termina uno pidiéndoles perdón y sin saber por qué, así que me quedé con ella en la casa, comiendo caldo de pollo y escuchando música en la grabadora de baterías. Mi vieja trajo compresas y las puso en mi frente, cerré los ojos y me puse a cantar junto a Pancholín: Estaban haciendo una pista en la sierra, porque nueva línea querían empezar, cuando se divisa un boludo en el aire y en pocos segundos vino a aterrizar… después de un rato bajé al volumen de la música y poco a poco me quedé dormido. 

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¿Que qué paso con mi hijo?, ay mi compa, se me aprieta el pecho nomás de acordarme… Aquella vez llegué al Jardincito y se me vino el mundo a bajo al encontrar a mi muchacho en el suelo y con el estómago reventado. Todavía estaba vivo. Temblaba con los ojos muy abiertos y escupiendo sangre. 

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—Apá… Apá… —decía con mucha dificultad. 

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Me arrodillé a su lado y acomodé su cabeza en mi regazo. Le pedí que se tranquilizara mientras yo trataba inútilmente de hacer lo mismo. 

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—Andre… Andrea… se la llevaron…

—¿Quiénes?

—Los… marinos, apá, los…

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Lo abracé fuerte y le dije que no se preocupara, que yo encontraría a su esposa y a su hijo. Cuando me di cuenta tenía las manos y la camisa manchadas con su sangre. Los dos temblábamos, uno porque se moría y el otro porque quería morirse en su lugar. Julián cerró los ojos y vomitó un buche de sangre mientras las fuerzas se le iban, hasta que se quedó quieto con una expresión de angustia. Comencé a llorar abrazando su cuerpo desguanzado. Jamás creí que en ese lugar donde habíamos sido tan felices mi plebe iba a encontrar la muerte. A unos metros de nosotros la pila de mota seguía ardiendo. En ese momento pensé en Andrea y en el bebé. Dejé a Julián en el suelo y tomé mi cuerno. Las marinos habían dejado una brecha por el monte, así que seguí ese camino dispuesto a chingármelos a todos. Agarré firmemente a la tartamuda y le dije: Ora sí, viene tu bautizo. A lo lejos se escuchaban disparos, gritos. Al principio fue problema porque aquí en la Sierra los sonidos parecen venir de todos lados y nos es cosa fácil guiarse con ellos. Además, la brecha desapareció y por un momento me sentí perdido. Pendejo, tú conoces estos caminos, cómo te pierdes en ellos, pensé apretando la mandíbula. No me detuve hasta llegar a una pequeña casa acribillada y con un auto todavía en llamas. No había nadie. Los gritos seguían escuchándose a lo lejos y yo seguro de que cada vez estaba más cerca de encontrarlos. La imagen de Julián agonizando apareció en mi mente seguido de un dolor en el pecho y me sentí culpable por haberlo abandonado. Quise regresar, pero le había prometido al plebe que iba a encontrar a su mujer, entonces volví a seguir las huellas en el camino: los árboles quemados, las matas aplastadas. El humo ennegreció el cielo y me di cuenta de que había llegado a San Juan del Valle. 

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Tenía la seguridad de que nomás con verlos el coraje me haría descargarles el cuernito, pero cuando entré a San Juan me quedé paralizado. La gente corría cubriéndose de las balas, dos boludos estaban en el suelo y unos marinos disparaban y otros se reían y pateaban los cadáveres. Reaccioné porque uno de ellos me dio un culatazo en la espalda. Caí al suelo y traté de levantarme, pero una patada en el estómago hizo que me aferrara a la tierra jalando aire con la boca. Ándele, puto, siga haciéndola de bravo, dijo el marino con una sonrisa de cinismo y me quitó el cuerno. Ya no pude levantarme, porque además de los golpes me dieron un balazo en la pierna derecha, vea, ahí ta la cicatriz. Se fueron del pueblo y a mí me dieron por muerto sin saber que nomás estaba desmayado por el dolor. Desperté en un hospital de Culiacán con la noticia de que Julián ya estaba  bajo tierra, que mi nuera seguía perdida y que yo usaría bastón pa siempre. La gente del pueblo se enteró y nos llevaron despensas, como si estuviéramos muertos de hambre, como si con comida la tranquilidad fuera a regresar a mi familia. Pa acabarla de fregar, la pierna jodida ya no me dejó subir al Jardincito y tuve que resignarme a sembrar tantita mota en el patio de la casa y esconderla entre surcos de maíz, extrañando a mi muchacho muerto, a mi nuera y al nieto que jamás aparecieron. Ahora estoy aquí, haciéndome viejo y enterándome de todo, porque le repito, nomás salgo a la calle y me entero de lo que pasa, y cuando le quiero contar a la vieja, que se la lleva encerrada llorando al plebe, ella me dice: Ya, carajo ¿no te da vergüenza andar de metiche y mitotero?, y yo le contesto que no, que no es mi culpa que el pueblo hable sin que se lo pida, que en todo caso el mitotero es el pueblo y que yo sin querer lo escucho. Y mire, si le cuento esto es pa que se ponga trucha, si le vendo el Jardincito no es porque ya no lo quiera, sino porque no me sirve, porque ya no parece jardincito sino un pedazo más de monte, y eso para mí es insoportable.

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Semblanza: Hernán Arturo Ruiz (Culiacán, Sinaloa, 1993) Estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Fue becario del PECDAS 2016-2017. Obtuvo la Primera Mención Honorifica en el Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2015. Sus cuentos han aparecido en las revistas, Timonel, Aldea 21, Laboratorio para Narradores (Palabras del Humaya, 2017), Álbum Negro, narrativa sinaloense de ficción (ISIC, 2018), Lados B, narrativa de alto riesgo (Nitro/Press, 2018) y Sin mayoría de edad (UNAM, 2019).

Foto: Diego Rivera – El levantamiento – 1931

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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