Cuentos Latinoamericanos para pasar la Cuarentena

Continuamos hoy la serie de cuentos de escritores Latinoamericanos Para Pasar la Cuarentena con la escritora Uruguaya Cecilia Courtoisie

Mundos de Nylon

No me importa cuáles sean las palabras que salen de mi boca. No me importa el contenido; sea diabólico, sea amoroso, no me importa. Quiero decir lo que tengo que decir y que me parta un rayo si no lo digo. Y si se me fuga la voz, me pongo a escribir, sin alzar la cabeza, sin mirar a nadie, escribo. Y que nada sosiegue este arrebato de verdad, de locura.

No me importa lo que digan los demás, no me importa lo que surja de otras bocas. No me importa el murmullo del tumulto, ni del gallinero.

Vale más la urgencia de un corazón con las palabras atascadas que la burla de aquellos que no saben lo que es sentir. Vale más reivindicar la pasión, o la furia, que mi imagen resguardada de la sociedad superflua.

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No me importa nada.

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Te llevé de la escuela a tu casa. Yo trabajaba temporalmente allí, hacía una práctica para la facultad, y sin embargo nunca te había visto. Acompañé a la directora, porque en zonas complicadas no es bueno andar solo, eso solían decirnos. Sobre todo si uno no pertenece al lugar. Te sentías mal y no existía teléfono ni persona a quien llamar.

Cruzamos la avenida y caminamos sin parar por las calles, cada vez más indefinidas, durante media hora.  Los metros parecían kilómetros, toldos superpuestos, pocos hombres, muchas mujeres con bebés y varios niños. A algunos de ellos los reconocí del ómnibus, vendiendo curitas o pegotines viejos.

Nunca encontramos tu casa. Sí una serie de nylons colgados precariamente, simulando una carpa. Había algunas construcciones de material, pero la tuya no. No encontramos padre, ni madre, ni hermanos, nada. Sin embargo, alguien había firmado tu ingreso a la escuela.

Cinco o seis perros caminaron lo más velozmente posible, para recibirte. Y tú los acariciaste con cariño. Son tuyos esos perros, te pregunté, como si mi sonrisa ingenua pudiera calmar tu estado. Sí, claro que sí. Comen de la basura y de noche te abrigan.

Fueron, y son, tantas las injusticias, los ojos ciegos. Los estúpidos citadinos envueltos en la banalidad acostumbrada que les inhibe el sentido de visión.

El mundo llora, pero también llora la calle que en este instante estamos pisando. Y no pasa nada.

Ella se acercó a mí antes del recreo y me pidió para hablar. Mientras, sus compañeros y las maestras  se preparaban para recibir una donación de fideos de una marca importante. Y las cámaras de televisión.

Le escribí esta carta a mi abuelo porque me voy de mi casa, me dijo, y me acercó un papel doblado infinitas veces y escrito con muchas faltas de ortografía. En ella decía que se iba para cuidar a su hijo. Lo único que quería era llevarlo a la plaza y a Mc Donalds.

Estás embarazada, le pregunté. Contestó que sí y que lo sabía porque no le había venido el período.  No había cumplido aún los once años y no se había desarrollado tampoco.

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¿Por qué la carta es para tu abuelo nada más? Porque el hijo es de él.

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Salió corriendo a recibir el camión y fue la primera en ayudar a bajar las cajas sonriendo ante las cámaras como si fuera la más feliz. En ese instante quizás lo fuera. Diez cajas enormes con un solo paquete de pasta seca en cada una. Pero de eso la televisión no se enteró.

Las emociones brotan a través de la pantalla. Nos da alegría, dolor, impotencia, todo aquello que pasa o pasó en algún lugar, de otro país, de otra ciudad. Sin embargo, la hoja del árbol de mi casa, de la tuya, muere desangrada por el pisotón que le estamos dando.

No es solo la fotosíntesis, ni el agujero de ozono; es el niño que calla porque no le enseñaron las palabras. El adulto que muere porque no le enseñaron a vivir.

A sabiendas de todos la muerte acecha. Y se regocija al ver la vida extinta, no solo de aquellos que les falta el pan,  también de aquellos que les falta el alma y de aquellos que el alma se les quemó.

Una niña se enojó contigo y te quedaste callado. Se paró encima del banco del salón y, delante de todos, te gritó un tren de groserías con el desparpajo de un loco. Te avergonzó, no porque las palabras fueran ciertas, o porque no las hubieras escuchado antes. Te humilló y tú no respondiste nada. Tus mejillas hechas fuego ahogaron tu rabia y tus ganas de reventarla a patadas.

La maestra calmó los ánimos y continuó la clase como si nada hubiese pasado. Casi nada. Antes del almuerzo, la apartó y le habló muy claramente sobre cómo debía comportarse y respetar a sus compañeros.

Más tarde conocí a sus padres, ambos sordos de nacimiento. Él abusaba de ella desde hacía varios años y ella, incondicionalmente, traducía al resto su voz inaudible y devolvía, preguntas y respuestas, en su lenguaje.


Nunca más te vi llegar a la escuela. Tampoco irte. Nunca más nadie supo de ti. Pero es costumbre que no regresen, entonces se olvidaron, y no se cuestionaron de qué forma te vieron partir.

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Terminó el año con los sobresaltos serenados en la piel. Sobresaltos para mí, que recién atravesaba los límites de mi universo, resignación para los demás. El abrazo de la directora y los niños. Besos y flores arrancadas de la calle de enfrente. La alegría sostenida en el instante que están lejos de sus casas y parece que no pasa nada.

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No hay nostalgia valedera si no viene acompañada de algún bienestar.

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Tengo para decirte que me faltan las palabras, que me angustia la hoja desangrada y no sé qué hacer. Que  se me hace difícil accionar a solas. Sé que no alcanza que te de mi ropa, porque no sos solo vos. Quisiera darte la mano pero no estamos acostumbrados, mucho menos vos. Quizás si él también te diera la mano, pero es demasiada utopía. Y no alcanza con mi mano. Es el día a día de todos nosotros.

Tengo para decirte que a mí también me cuestan las palabras, porque tampoco me las enseñaron.  Si te abrazo me hago fuego y en el fuego nos morimos los dos. Y no existe romanticismo en esta urgencia por decirle a todos que tengo los pies llenos de escamas, por recorrer los mares que se ven como imaginarios, pero no lo son.

La manzana que cae del árbol es de todos. Yo no tengo hambre, ni lo tuve, y hoy eso me mortifica.

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Imagen: Cuadro de Jeff Gillette – Un Reino No Tan Mágico

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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