El Pacto Histórico y el cordón umbilical

El Pacto Histórico, sin querer decir que no haya nacido, sí tiene un cordón umbilical. En otras palabras: su madre es la sociedad.

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Pacto Histórico Colombia

El Pacto Histórico cuenta con una mayoría legislativa, la cual es considerada como la más grande con la que se va a posesionar cualquier presidente en la historia de Colombia recientemente.

Escrito por Víctor de Currea-Lugo / @DeCurreaLugo

El cordón umbilical es una de las grandes maravillas de la naturaleza. Es más útil que cualquier túnel y más asombroso que muchos otros órganos. Cuando estamos en el vientre comemos y respiramos por ahí. El ombligo es una huella para que no se nos olvide.

El Pacto Histórico, sin querer decir que no haya nacido, sí tiene un cordón umbilical. En otras palabras: su madre es la sociedad. Pero no es la sociedad de “la gente de bien” y no únicamente la llamada sociedad civil, sino la sociedad de los nadies. Para eso sí sirve mirarse a veces el ombligo: para recordar de dónde venimos.

El Pacto no nació con Petro, ni debe depender de él. Los partidos de líder único terminan siendo un batiburrillo sin identidad o un esqueleto con pinta de títere, como los partidos del uribismo. También para eso sirve mirarse al espejo, para entender que somos más que un apéndice de uno más poderoso. Pero la izquierda no se mira el ombligo para reflexionar a quien se debe sino para alabarse.

Claro, hay enfermedades de la placenta que están en el inicio del embarazo, en los genes, como si fuera un pecado original. Sobre esto recuerdo, en 2005, el congreso fundacional del Polo Democrático Alternativo (PDA), uno de los ancestros del Pacto Histórico y, a la vez, uno de sus componentes actuales. En ese congreso, sentado en la última fila, vi a mi lado un grupo variopinto de exmiembros del M-19, marxistas-leninistas, moirosos, camilistas, maoístas, algun anarquista, eme-eles, y hasta socialdemócratas, gritando en coro: “unidad, unidad”. Se me guarapearon los ojos. Pero renglón seguido, si mal no recuerdo, vi en el escenario a congresistas y concejales, diputados y excandidatos presidiendo la ceremonia.

El punto es que en el escenario no vi las masas, los nadies, la gente de a pie, sino los políticos. Sí, ya sé que de izquierda y con trayectorias y heroísmos, ya sé que tienen valía y conocimiento, pero eran los políticos. Me incliné para comentarle eso a un amigo que dejó de hablarme por semejante sacrilegio que dije.

La izquierda tiene la obligación no solo de dar resultados diferentes, sino de hacer política de otra manera. Ya sé también que el Gobierno de Petro no es en puridad la izquierda tradicional, pero lo es en cuanto la igualdad está entre sus principales banderas (no quiero aquí repetir la vieja historia del nacimiento de la noción de izquierda y de derecha).

Entiendo que es mejor un buen arreglo que un mal pleito, la noción de “diálogo nacional” y hasta los debates de la táctica y la estrategia, pero que no se nos olvide el cordón umbilical porque el Pacto Histórico no se alimenta ni respira solo.

La experiencia salvadoreña

En 2021, entrevisté en El Salvador varios miembros del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN), que había encabezado dos grandes ofensivas armadas contando con mucho apoyo popular, pero su política se embolató entre peleas internas y su peor error: alejarse de las organizaciones de masas. Por ejemplo, de los candidatos del partido FMLN de 14 departamentos, 13 se volvieron diputados y la dualidad de cargos (diputado y a la vez secretario del partido político) los llevó al abandono de las relaciones con las organizaciones sociales.

Para 2014, cuando llegó al poder el FMLN, los 14 secretarios de partidos se convirtieron en ministros con lo cual se reforzó la crítica hecha años atrás a la Unión Soviética: no se sabe si el poder recaía en los soviets o en el partido, es decir, si la Unión Soviética era la unión de soviets en el sentido asambleario popular o, más bien, era la dictadura del Partido Comunista disfrazada de dictadura del proletariado. Una cosa es tener un cordón de conexión y otra creer que la madre y el niño siguen siendo uno solo.

Esa burocracia del Estado, que ya había reconocido por ejemplo Raúl Castro en el caso cubano, se vio muy de manifiesto en el caso salvadoreño. Así, en el FMLN pasaron de la estructura militar a la institucionalidad estatal, y descuidaron las organizaciones en las que podrían haber hecho vida política. Ese culto a la “aritmética legislativa” les hizo perder terreno en la movilización social.

Cuando el FMLN llegó al poder en 2009, le tocó gobernar y eso significó administrar un modelo que habían combatido por años. Durante el Gobierno del FMLN, la gestión estuvo altamente burocratizada y no oyeron a las bases (los maestros, campesinos y médicos se sintieron sin interlocutor). El FMLN demostró su incapacidad para resolver problemas cotidianos y una gran lejanía con su propia militancia.

En nuestro caso, entendemos que Petro debe sentarse a la mesa con todo el mundo, pero no olvidar que es él, a nombre de nosotros, el que reparte la baraja. En otras palabras, Petro no puede ganar las elecciones y portarse como si hubiera sacado un empate. No. Así hubiera sido por un solo voto, esa legitimidad ha sido indiscutible en la historia del país. Y precisamente por eso sorprende su tentación de repartir ministerios a tirios y a troyanos. La izquierda colombiana sabe ser y hacer oposición, pero parece que todavía no se entera (lo que por demás es natural) que es gobierno.

Y ahora ¿qué?

Claro, la gente quiere cambios inmediatos y no la culpo. Uno quiere ver resultados antes de morirse, eso es humano. Pero, así como son válidos los llamados a la prudencia y las convocatorias a la reconciliación, son igualmente válidos los recorderis de que el que ganó no fue un programa de concertación, sino un programa de cambio, y de que los perdedores deben aceptar su condición.

Imagino, por lo que se ve en los empalmes, que hay una sensación de querer participar todos y en todo. Eso no solo lo entiendo, sino lo aplaudo, aunque no sea ni la toma del poder y ni siquiera la promulgación de nuevas leyes. Es un acto simbólico, valioso, pero no más que eso. Y no será suficiente si a la par con lo simbólico no avanza algo real. En otras palabras, el hambre no es una “narrativa posmoderna”.

Entiendo, como muchos, la diferencia entre avanzar despacio, entre estar atascado y entre retroceder. No nos vayan a tratar de ingenuos y presentarnos las cosas como no son. El paro de 2021 no lo controló nadie, la sociedad tenía vida propia y eso también lo debe tener muy claro el Pacto Histórico.

Sabemos que ahora, en el oportunismo genético de la política colombiana, todos se declaran envueltos en la misma placenta, y no porque tengan el mismo origen sino porque creen en el refrán de que “si no puede vencerlos, úneteles”, frase propia de una derecha quinta-columnista y que luego nos dirá que toda molestia es polarización, incluyendo aplicar la Constitución de 1991.

Sin embargo, hay cosas genéticas que desenmascaran imposibles, como en aras de la unidad llamar a un poco de hienas a una cena vegetariana; o a esos que están preocupados por el pánico de los mercados, pero nunca lo estuvieron por el pánico de las personas. Por eso vale recordar que el cordón umbilical se enrolla y se desenrolla regularmente, sin que se quiebre.

La función esencial de la placenta es irremplazable. Y sin que nadie me haya delegado, al lado de la primera línea, de las madres comunitarias, del campesinado de Catatumbo, de la población indígena del Cauca, de la gente negra del Chocó, de un pocotón de nadies, les digo a los enemigos del cambio las palabras de Petro: no nos reten, es en serio: no nos reten.

En ese potencial desafío hay dos cosas que parece que no están claras: el llamado al diálogo nacional no es para barajar de nuevo todo, como si no hubiéramos votado por un programa sino por un agujero negro; y dos, el problema de los nombramientos no implica ni carta blanca ni necesariamente un reconocimiento a una representatividad social.

Un mayor desarrollo del punto anterior significaría: los ministros no pueden hacer lo que quieran porque no son islas sueltas, sino ministros de un presidente que se debe a un programa. Eso queda claro en las precisiones que le hizo Petro a Alejandro Gaviria cuando lo designó ministro de Educación para cumplir con unas metas precisas.

Como contraparte de todo lo anterior, también las organizaciones de la llamada sociedad civil y del movimiento de derechos humanos tienen que preguntarse hasta qué punto son gobierno o son sociedad. No tener claros los límites es malo para el gobierno, pero más aún para la sociedad. Hoy más que nunca se necesitan las posiciones críticas al Estado, partiendo de que este nuevo gobierno sí va a escuchar, no va a perseguir ni a satanizar la crítica. Y lo mismo se esperaría de los seguidores de Petro.

Hay partos donde el cordón se envuelve en el cuello y la cosa se pone complicada, porque pasa de ser una fuente de vida a ser (casi) una horca y el niño muere en medio del parto. Eso puede suceder. Incluso cuando se cae el cordón umbilical y el niño empieza a respirar solito, hay que mantener la zona libre de infecciones, porque los gérmenes están al acecho.

Claro, nada de eso nos puede llevar a quedarnos mirándonos el ombligo, embebidos del triunfo, renunciando a la autocrítica. Como dijo Iván Cepeda, hay dos pecados innegociables: “gobernar sin el pueblo y dejar de hacer las profundas reformas sociales que requiere Colombia”. Para mí, eso sería como cortar el cordón umbilical.

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Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben

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