La sociedad de las bocas tapadas

Nota:  Sergio Martiello Gutiérrez – Montevideo   – Uruguay

Ni bien se decretó la cuarentena en Europa, se mandó a todo el mundo para su casa. ¿Por qué en Sudamérica íbamos a ser distintos? Las medidas se globalizaron al igual que la estupidez y ciertos desmanes. Andaba la muerte rondando por las calles, amontonándose en los sanatorios. Así lo dejaron en claro las imágenes escalofriantes. Fosas comunes que nos recordaban todos los holocaustos posibles. Pese a esa promoción de la muerte, algunos no se tomaron muy en serio lo del encierro. Los policías entraron rápidamente en razón a los más despistados. Circularon varios videos al respecto. En India apaleaban con dureza a los que andaban papando moscas en las calles. Los buenos ejemplos no demoraron en llegar. En Sudamérica la policía filmaba las humillaciones que realizaban a los parias desobedientes en barrios humildes. Blandiendo la cachiporra a algunos los obligaban a realizar flexiones repitiendo “no voy a salir más”; a otros de escarmiento les cortaban el cabello a su antojo. El anónimo mundo compartía entre risas por whattsapp los merecidos castigos. Un poquito de mano dura no viene mal cuando la vida del planeta está en juego. Obedecer o morir. Pronto todos estábamos en vereda. Encierro preventivo hasta nuevo aviso. 

La cosa venía en serio. Había que disciplinar el comportamiento, los modales, ser más listos que el reflejo. Distancia física y afectiva total. ¿Y de qué vamos a vivir?, se preguntaba la gente de a pie. Las recomendaciones sanitarias, con China de conejillo de Indias, era taparse la nariz y la boca al salir a la calle. Los tapabocas se volvieron moda. Al igual que una camiseta de Messi, se agotaban como pan caliente. 

El mundo necesita de héroes. Por miles y miles salieron a las calles. Primero dieron el ejemplo los políticos. Los médicos no tenían más remedio. Incluso algunos perros calzaban botines que los dueños desechaban, con metódico cuidado, al entrar a la mascota al suelo estéril del hogar. 

La máscara del héroe malvado, Lord Vader, se vio por algún barrio. Caía simpático. Un ejemplo de responsabilidad ciudadana a imitar. Los montevideanos formamos nuestro propio ejército contra el enemigo común. Decían que era por un par de semanas, un mes como mucho. Para ello era necesario no abrazarnos, no tomar mate en la calle, no juntarnos a comer asado con los amigos ni familiares. Nuestra gruesa identidad quedó en pocos días esquelética, anémica. En el mismo movimiento personalizamos al tapabocas. Inventamos tapabocas callejeros. De colores, con motivos varios, de acuerdo a la ocasión; algunos hasta estamparon la sonrisa del dueño. Muchos trabajadores en seguro de paro hacían una changa en la próspera manufactura de tapabocas. 

Todos sabemos bien que más que simples tapabocas son máscaras, máscaras que no solo nos protegen del mal sino principalmente de nuestros propios demonios. Aficionados a los esnobismos, a nadie le molestaba tener la boca tapada, ni respirar aire viciado. Algunos personajes públicos levantan apenas con cierta altanería la barbilla luciendo las mordazas de tela simpática para ensayar una voz de tono ahuecado con la que servir de ejemplo en esta cruzada. Caigo en la cuenta: las orejas sirven para sostener los lentes y al tapabocas. Qué torpe. También entonces me percato que salimos de la comarca, somos ya ciudadanos del ancho mundo. ¿Qué diferencia hay ahora entre un montevideano, un chino, un coreano o un neoyorquino. Nos globalizamos sin más al igual que los shopping o ciertos edificios administrativos modernos. No hay diferencia alguna, el prójimo es peligroso, casi un terrorista en China, Corea, New York o Montevideo. El temor global encandila en nuestros ojos a veces descubiertos. Sin embargo, los desmanes de otras latitudes por momentos encarnan en simples comentarios no ya raciales, no ya clasistas sino poniendo el acento en la perturbadora bio inseguridad. 

Detrás, la expresión congelada. Caras sin rostro. La palabra sin boca. La sonrisa mutilada. Una voz en off, ecos, sucursal de discursos oficiales murmuran en nuestros rostros caricaturizados, humillados. 

El héroe que recordaba se rebelaba contra la injusticia, la maldad, un estado de cosas despiadado, el totalitarismo, algo o alguien a quién poner en su justo lugar. Era un ser irrepetible, valorado, con poderes especiales. Por tal motivo, no podía revelar su identidad a la gente con la que convivía. 

Cuando todos los humanos corrientes juegan a ser héroes ¿qué sucede con el héroe verdadero? ¿Quién es la voz del que no tiene voz? ¿Habrá héroe verdadero o será también otro viejo cuento del capitalismo? Lo cierto que en este Estado de simulacro sin intercambio humano, sin cuerpos, inexpresivo, sin afectos, ni mal localizable, los héroes mundanos tienen una función fundamental, aún más importante que los exabruptos del vulgar disciplinamiento médico y policial que ya se ha internalizado: señalar la desobediencia, infundir el miedo y la incertidumbre que ellos sienten a quiénes no acatan las disposiciones sanitarias de los organismos internacionales, a los que se resisten a perder su sonrisa, su rostro, su voz propia, su instinto, el abrazo. Sólo bajo una condición los desobedientes se diluirán en el anonimato: será para pasar desapercibidos ante la irritación de las masas. En esta igualdad totalizadora de discursos, identidades y cuerpos, donde las injusticias se enmascaran, de violencias solapadas, todos somos el guasón. Una carcajada resuena en el aire.   

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Foto: Elcomercio.pe

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben

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