[CINE] «Lady Bird» (2017), la frescura al observar un conflicto filial

No digas que has leído varios libros, demuéstralo con tus acciones. EPICURO

Amar a las personas / como se quiere a un gato: / con su carácter y su independencia, / sin intentar domarlo, / sin intentar cambiarlo, / dejando que se acerque cuando quiera, / siendo feliz / con su felicidad. JULIO CORTÁZAR

No solo somos responsables de lo que hacemos, sino también de lo que aceptamos sin objeciones. ARTHUR SCHOPENHAUER

El primer ciclo sobre Directoras de Ayer, Hoy y Siempre del Cine-Club Al Filo del Tiempo, emitido desde la bóveda interdisciplinaria de La Fábrica de Sueños, termina con el filme Lady Bird (2017), de la gringa Greta Gerwig. Obra que se centra en el conflicto de una madre y su hija y es parte del subgénero del cine ‘Coming of Age Story’ o ‘Historia del paso de la infancia a la adultez’, con todas las im/com/plicaciones que ello entraña: división madre/hija, desempleo del padre, bronca con el hermano negro y su novia, ambos ‘góticos’ en su aspecto. Filme que se inicia con un epígrafe, gaseoso, de Joan Didion: ‘El que hable del hedonismo en California, jamás ha pasado la Navidad en Sacramento’. Por contraste, esa doctrina ‘ética’ que identifica bien con placer desde lo sensorial e inmediato, le sirve a Gerwig para dotar de frescura un filme en el que el conflicto central es filial, es decir, entre una madre y su hija. Sin olvidar, claro, un detalle no menor: el desempleo del padre y su incidencia en la escisión.

Lady Bird es una historia de rebeldía juvenil, basada en la joven de 17 años que se resiste a ser llamada por su nombre, Christine, y adopta su apodo, que estudia su secundaria en un colegio católico, odia a California y pretende ir a alguna universidad de la Costa Este: lo que se ignora es si sus padres podrán pagar la matrícula estatal. En parte, por lo ya dicho, el desempleo de Larry: su compañía despide gente a diestra y siniestra, como cuenta Marion. Otros temas abordados son: el despertar sexual; la búsqueda de la identidad, el extravío existencial; sentirse desconocido o ignorado; la enajenación o el aparentar ser otro; hasta cierto punto, el arribismo social; la confusión o el no saber adónde ir. Todo ello, visto de modo episódico, por vía de lo cotidiano mediante esas pequeñas cosas y múltiples anécdotas que llevan a hombres y mujeres a ser lo que son, a no estar seguras de haberlo logrado o a seguir luchando para cambiar los vínculos familiares, las cosas o el entorno social y político.

Lady Bird no es un filme que vaya tanto sobre el amor romántico como sobre el filial, con referencias constantes a la literatura, a la música y al arte en general, así como al espacio educativo, a la (de)formación religiosa, a la filosofía (San Agustín, Tomás de Aquino, Sören Kierkegaard, éste, el padre, si hay alguno, del existencialismo), sin más pretensión que la de darle un marco a una historia que se inclina más hacia lo sensual, sensorial e inmediato del citado hedonismo, cuya figura cimera es Aristipo de Cirene (siglo IV a.n.e.). Para el caso, juvenil, matizado por lo ‘gótico’, la enseñanza católica, una tensa relación familiar. Claro, la unión temporal con otras familias y rupturas repentinas, sorpresas visuales, vueltas de tuerca o giros en la historia, nuevas relaciones, mentiras conscientes por necesarias para simular un status. Ante la precariedad, hoy uberización, laboral, (1) a petición de Marion su hija va a una cafetería donde encuentra una nueva relación con un músico que también es acucioso lector.

Desde lo formal, cabe destacar las angulaciones, los encuadres, los travellings descriptivos con sus puentes que abrazan a las ciudades, los planos en PPP, PP, picado, contrapicado, de grúa, todos apuntando no solo a la estética, sino a la ética, para nada a la anécdota sino a la trascendencia, que va desde lo emocional hasta lo espiritual, pasando por lo vital/existencial. Incluso, el montaje paralelo que al final muestra a madre e hija manejando en circunstancias similares, por las que primero pasó la madre y ahora se conectan de forma casi mágica/cíclica: ello se enlaza con el PP del filme en el que sobre la cama, frente a frente, cara a cara, madre e hija están juntas, luego se separan (aquí, no tanto por lo mismo que buscan) y al final otra vez se reencuentran, así sea desde la distancia. El padre, entretanto, ha mediado dándole a su hija, primero, los papeles para poder vincularse a la U. en la Costa Este y, luego, al meterle en un sobre las cartas que les permiten sentir a ellas y al espectador que nunca se distanciaron.         

Año 2002. Christine Lady Bird McPherson, cursa último año de secundaria en un colegio católico ubicado en Sacramento, CA, esto es, en tierra de mayoría protestante, conservadora e intolerante, hecho al que no alude Gerwig. Ella hace parte de una familia, como casi todas las de hoy, disfuncional: Miguel, su hermano mayor, es adoptado y vive con su novia Shelly, ambos metaleros góticos en bocas y orejas. La mejor amiga de Lady Bird es Julianne Julie Steffans, gordita que se debate entre la alegría, la depresión, la ansiedad y la admiración por Bruno, su profesor de matemáticas. Ambas, hacen parte del programa de teatro de la escuela donde la primera conoce a Danny O’Neill, con quien de entrada se enamora, luego se distancia y más temprano que tarde se reconcilia, en un gesto que conmueve por la capacidad de Gerwig para darle un giro o vuelta de tuerca y así lograr el clímax necesario para afianzar esa historia que oscila entre drama o ‘thriller’ psicológico y comedia, drama y tragicomedia.

Lady Bird se aleja de ‘Julie’ y se acerca a Jenna, joven burguesita que la ve con sesgo. Cuando la monja Sarah Joan la reprende por su falda, se identifican como colegas de rebeldía y van a pintar su auto. Luego, por pena de la suya, le da la dirección donde vive solo que en sueños pues es de la abuela de Danny, con todo y la bandera de EEUU y el afiche de Reagan, dueño del mundo: junto a la Thatcher, los villanos padres del neoliberalismo. A ella anti dedico este minicuento: ¡Ay, Margaret! En una tarde de lluvia y tras varios años de ocupar el sillón de mando, intentó levantarse la Dama de Hierro. No logró su fin. Tuvieron que ayudarle, primero los funcionarios más cercanos, luego los criados, pero no hubo caso: seguía sin poder levantarse. Todo el mundo acudió al lugar. Desde el jardinero hasta el médico de cabecera de la primera dama… aun el chofer estuvo y en últimas fue justo él quien explicó el problema: axilas, párpados, caderas, plantas de pies, nuca, entrepierna, hasta el culo, estaban oxidados.

Como no puede ser con Danny, es con el autodeclarado virgen Kyle que Lady Bird pierde su inocencia. Aun con su engaño a cuestas ve a Danny ‘sin genuflexiones ni resentimientos, lo que es ser inteligente y diligente’ (como me dijo una amiga por un texto sobre Hitchcock), y busca consuelo en Marion, luego de verse en la cafetería: mientras ella se solidariza, él le manifiesta la angustia que conlleva confesarles a los padres su homosexualidad. El haberle mentido a Jenna, hace que su amistad se disuelva con el tiempo. Mientras tanto, se entera de que su padre, aunque se crea Keith Richards y diga ‘soy feliz de estar en cualquier parte’, esté al tiempo en guerra contra la depresión: ese virus que, vía alienación, transmiten el capitalismo y sus áulicos. Aquí las claves son virginidad, engaño, consuelo, solidaridad, angustia, homosexualismo, mentira, felicidad (o deseo de…), depresión, todos ellos términos que a su vez contienen una síntesis vital y metafísica de lo que es el planeta de estos tiempos.     

Pese a que su madre le insiste en que ella ni su padre tienen los medios, Lady Bird se inscribe por su cuenta en universidades fuera del estado de CA, a la espera de aceptación. Pero, rápido recibe cartas de rechazo y solo una la anima pues queda en lista de espera de alguna en NY, su destino más apetecido. Aunque se sube a la parte delantera del carro de Kyle, en el que además van Jenna y su arisco novio al baile de graduación, una vuelta de tuerca los desvía a una fiesta, mientras Lady Bird les pide que la dejen en el apartamento de la gordita Julie (estrella de Cómo se hace una chica, 2019, de Coky Giedroyc [2], otra Coming of Age Story sobre lucha de clases, sexo e identidad femenina): reavivan su trato, comen algo y van por fin a dicho baile. Unos días más tarde, tras obtener su pase para manejar, pinta su cuarto, borra nombres al paso, lo mismo que dibujos, textos y fotos, al mismo tiempo que Marion, su madre, le corta el diálogo al notar que se ha postulado a universidades de estados lejanos.

Cuando Lady Bird arriba a los 18 años, en 2003, su padre, Larry, aparece con un ponqué y una velita, que aquella apaga, y aprovecha para soltarle que si no se divorcia de Marion es solo porque les queda muy berraco pagar los trámites. A la frescura del filme en su enfoque, se suma ahora la del padre que, con su actitud, le otorga a la obra de Greta Gerwig un halo documental arduo de refutar. Con el fardo de la mayoría de edad y a la vez sintiéndose con autonomía, Lady Bird va a la tienda y compra cigarrillos, boleta para raspar, una Playgirl y rápido descubre a sus más notorios ‘miembros’. Poco después, vendrá lo inevitable: Marion la lleva al aeropuerto, Lady Bird se baja del carro y va con Larry a la Terminal y aunque su madre al comienzo no quiere verla ni despedirse, pronto recula, se estaciona, baja y corre a buscarla. Sin embargo, a la poeta/madre se le hace tarde y cuando vuelve ya Christine ha partido, dejándola en el más triste/tenaz desamparo: el que solo al final tendrá su recompensa.

Una recompensa a medio camino entre la realidad y la ficción, como sea que el espectador la siente como una experiencia al tiempo endógena/exógena, diegética/documental. Ya en su apartamento en NY, donde decide retomar su nombre original, Lady Bird desocupa sus maletas y descubre las cartas de Marion que Larry rescató, con todo lo que ello entraña desde esos poderosos proletarios, los sentimientos, y es llevada así a la nobleza: no por apariencia social, sino por categoría afectiva. Tales sentimientos le otorgan inusitada calma, inesperado descanso, sutil relajamiento. En un sorpresivo aquelarre de bienvenida a la U., tras toparse con otro candidato a fornicar, Christine es llevada de urgencia al hospital, por intoxicación, y allí ve a un ‘oriental’ que la toca en lo más íntimo de su abstracción maternal, sin haberla vivido. Una vez sale del hospital, le pregunta a un señor qué día es (‘domingo’) y entra a una iglesia. Sale de ella, llama a la casa por celular, se disculpa con Marion y le dice que la ama.

No podría obviarse, en este punto, la secuencia inicial del filme cuando Marion y Lady Bird van en el carro y luego de discutir acremente, sin aviso alguno, ella salta del vehículo, fundido a negro, y en el siguiente plano aparece con un yeso rosa sobre su brazo derecho. Ya Lady Bird ha expresado su odio hacia California y su prurito de ir a la Costa Este, pero no a Yale ni nada por el estilo anglosajón, calvinista, recalcitrante. Ya se ha enterado, por su madre, que ella ni su padre podrían costear dichos gastos de matrícula y viaje. Marion termina su cantaleta y Lady Bird salta del carro justo después de escuchar el audiolibro Las uvas de la ira (Grapes of Wrath, 1939), del Nobel y Pulitzer John Steinbeck, obra que gira en torno al desplazamiento de unos granjeros de California, es decir, al desarraigo y a la migración. (3) Lo que en esencia su madre le enrostra es ese afán tan femenino de pensar solo en ella misma y que de cara al desempleo habla por otro lado de su efecto y su drama: la escisión familiar.             

Dicha secuencia condensa a su modo el trámite existencial y vital del filme de Greta Gerwig. Cuando termina la grabación de uno de los 100 libros del siglo XX, según Le Monde, las lágrimas mojan el rostro de madre e hija. La cercanía y la calma duran poco frente a la intolerancia, parece señalar Gerwig con estas imágenes que pueden atarse a las del final, en las que ya por contraste retornan, así sea en forma remota, la calma y la cercanía para sellar una impronta de armonía que se sintonice con el desacuerdo frente a la incertidumbre del mundo. Lady Bird podría ser un filme sobre el amor, pero no sobre el amor romántico, sino sobre el amor filial, con toda la carga disfuncional que ello arrastra en la actualidad. Los roles jugados por madre e hija son auténticos, logran no solo transmitir sino transformar, si no los actos, al menos la visión del espectador sobre el mundo y, en especial, sobre los nexos filial y amistoso, a la vez que ofrecen una ocasión única para ver el conflicto al margen del morbo.       

Al final, queda claro que el amor es lo único que queda para restañar un daño, un conflicto o una herida filial y que, frente a ello, la solución eficaz radica en la rebeldía, en la objeción de conciencia, en el rechazar cualquier tipo de imposición sobre lo que el ser humano pueda decidir: en este caso, tanto Marion, la madre, como Lady Bird, la hija. Incluso, Danny, quien de un autoflagelado pasa a ser un liberado por el arte y, en particular, por el teatro, para acabar con esa farsa de la realidad exterior que obliga al incauto, al desprevenido, al inocente a recibir lo que venga: para, a la postre, con la comprensión/tolerancia de Lady Bird, aceptarse como gay y serlo sin miedo alguno. Algo nada fácil en una sociedad machista, patriarcal y falocéntrica. Igual a lo que pasa con Kyle, el músico díscolo y cuyos actos muestran lo leído: vive aislado de todo, cerca de la música y de sus afectos, como quien observa que a nadie se obliga/somete, sino que debe dejarse libre si se quiere una sociedad que se llame democrática.

Entre la clásica novela de formación alemana, o Bildungsroman, y la citada Coming of Age Story, Greta Gerwig ha logrado evitar los clichés de este tipo de relatos, con base en una eficaz puesta en escena, acertada dirección de actores y desempeño lúcido de cada personaje. Sin casi restricciones al presentar los avatares adolescentes en camino a la adultez, ni los tan evidentes choques generacionales de tanto cine gringo mal contextualizado. Por lo contrario, pese a ciertos conflictos: los piercings en los rostros, los líos de espacio, la bronca madre/hija en busca del bien propio, los problemas de empleo del padre, en fin, la lucha de la clase obrera dentro del capitalismo. Pese a ello, Christine, o su alter ego Lady Bird, seduce con su carácter excéntrico de clase media, entre el despotismo capitalista, lo que parte de la crítica relaciona con el libro de Howard Zinn, Una historia popular de los EEUU, (4) para mostrarse tan segura de sus yerros como víctima de vulnerabilidad y de manipulación ante lo eventual.

Quizás todo sea porque en 2007, pocos años antes de morir, Zinn, en respuesta a una revisión crítica de su libro, escribió para The NYT Book Review: “Mi historia… describe la lucha inspiradora de aquellos que han luchado contra la esclavitud y el racismo (F. Douglass, W. Lloyd Garrison, Fannie L. Hamer, Bob Moses), de los organizadores laborales que han liderado huelgas por los derechos de los trabajadores (Big B. Haywood, Mother Jones, César Chávez), de los socialistas y otros que han protestado contra la guerra y el militarismo (E. V. Debs, Helen Keller, el [padre] D. Berrigan, Cindy Sheehan). Mi héroe no es Th. Roosevelt, quien amaba la guerra y felicitaba a un general luego de una masacre de aldeanos filipinos a inicios de siglo, sino Mark Twain, quien denunció la masacre y satirizó al imperialismo. Quiero, los jóvenes entiendan que [este] es un hermoso país, pero [fue] tomado por hombres que no tienen respeto por los derechos humanos ni por las libertades constitucionales”. (5)

Para concluir, en su búsqueda personal/existencial, Christine descubre a pedazos, a codazos, a mordiscos, sexualidad y amistad, vanidad y nihilismo, creer y no creer, droga más blanda que dura y, en su ruta, se debate entre la lucha con su madre y sus propios deseos de libertad y autonomía. Sin olvidarse jamás de su obsequioso padre, cuyo cuidado por ella se relaciona no solo con su forzado desempleo, sino, más allá, con su afán de torcerle el cuello a una adversidad que parece no saciarse con nada ni con nadie. En su derrotero experiencial, Lady Bird termina por mostrar que, para decidir sobre algo, sin tener que llevarse a alguien por delante, tiene que haber una previa convicción ética y al mismo tiempo una mixtura entre pasión/razón y emoción. Lo que tanto les ha costado a otros, ella trata de lograrlo no sin dificultades; más bien, con voluntad de poder para obtener una vida grata, sencilla y cómoda y que todo sea visto desde la atalaya de la frescura, por áspero que fuera/sea el conflicto filial.

A Santiago, hijo adorado, auténtico torcedor de infortunios, en su trigésimo tercer aniversario.    

Enlaces:

(1) https://rebelion.org/sorry-we-missed-you-una-familia-victima-de-la-uberizacion-laboral/

(2) https://cintilatio.com/critica-como-se-hace-una-chica/

(3) http://45.162.78.212/principal/biblioteca/Las%20Uvas%20de%20la%20Ira.pdf

(4) https://en.wikipedia.org/wiki/A_People%27s_History_of_the_United_States

(5) https://www.nytimes.com/2007/07/01/books/review/Letters-t-1.html

FICHA TÉCNICA: Título original: Lady Bird. País: EEUU. Año: 2017. For.: 35 mm; color, 93 min. Gén.: Comedia / Drama / Thriller psic. Dir. y guion: Greta Gerwig. Mús.: Jon Brion. Fot.: Sam Levy. Mon.: Nick Houy. Int.: Ch. Lady Bird McPherson (Saoirse Ronan); Marion McPh. (L. Metcalf); Larry McPh. (T. Letts); Kyle Scheible (T. Chalamet); Danny O’Neill (L. Hedges); J. Julie Steffans (B. Feldstein); Padre Leviatch (S. McKinley H.); Jenna Walton (O. Rush); Miguel McPh. (J. Rodrigues); Madre Sarah Joan (Lois Smith); Sr. Bruno (Jake McDormand). Prod.: E. Bush / E. O’Neil / S. Rudin. Prod.: S. Rudin Prod. / Management 360 / IAC Films. Dist.: A24 (EEUU) / UP (internacional). Estreno: Telluride (1°.sept.2017).

Escrito por Luis Carlos Muñoz Sarmiento. (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por la UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución, con su ensayo sobre Manuel Zapata Olivella y su novela Changó, el gran putas, fue lanzado por UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión, EE y Las2Orillas. E-mail: lucasmusar@yahoo.com          

Publicado originamente en Rebelion

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