Cuentos Latinoamericanos para pasar la Cuarentena

Continuamos hoy la serie de cuentos de escritores Latinoamericanos Para Pasar la Cuarentena con el escritor Uruguayo  Felipe Martinez

Vida artificial

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Despierto a mitad de la noche… me siento aterrado, sin razón aparente,  mi  cuerpo sudoroso, pesado,  parece escurrirse entre el colchón y las sábanas dejándose llevar por una  gravedad infranqueable. Ni en mis más alocados tiempos de adolescente  hubiera podido siquiera  imaginar algo así, … un momento tan apocalíptico que ni a los creadores de la biblia se les ocurrió que algo así pudiera llegar a ocurrir, tener a casi todas  las personas del mundo presas en  jaulas que ellas mismas adquirieron, sin celadores ni guardias , tan solo con la pusilánime  necesidad imperiosa de cada alma de mantenerse respirando.Comienzo a toser los humos del último cigarrillo de ayer,  me pierdo en  una lucha incesante conmigo mismo y logro algo parecido a incorporarme.  Quedo inmóvil, inerte, sentado en la cama sin ganas de volver a acostarme, sin embargo mantengo una disposición irracional de no mover ningún musculo de mi cuerpo al menos hasta que mi mente logre salir con su precaria embarcación de la inmensa laguna en la que se encuentra inmersa. Mis ojos abiertos al igual que los de un invidente novato intentando vislumbrar algo en derredor,   tratando de formar una idea, una imagen virtual que alimente mi energía, luego de unos segundos me vuelve a invadir un miedo que aleja mi mente de mi   cuerpo hasta que pierdo señal, de tal forma que mi ser  tangible pasa a ser  tan solo una imagen.  Las negras pupilas se dilatan al máximo y comienzan a focalizar a tientas en la oscuridad utilizando distintos tonos de negros y grises, en mis oídos se escucha tan perfectamente la ausencia del ruido exterior que se siente él apenas imperceptible silbido constante de sí mismos desde su interior,  de pronto el tronar de mi corazón  junto a   los fuelles que alimentan mis pulmones  acaparan  el infinito espacio  de la habitación. Nada,… y solo eso…nada … solo eso me consume, todo lo que en verdad me hace sentirme un solitario bebé prematuro en medio de un bosque, es eso, el silencio del mundo, la abominable ausencia de cualquier sonido en la inmensidad de mi barrio, de esta porción de ciudad, de este maldito país… de este perverso planeta. Esa ausencia de signos vitales que viste hoy a esta añeja y pervertida esfera, esa falta de locura racional que le caracteriza, de vida artificial, de seres “pilotos” que corren detrás de una imagen de sí mismos. Entenderlo en plenitud me otorga una pequeña porción de paz y me abre pensamientos  a recuerdos de hace un tiempo atrás, en momentos en los que perseguía a la felicidad mas fisicamente.  Seguramente era otoño, pues las hojas de distintos colores como altivos kamikazes   se dejaban caer de  los árboles,agrupandose en las veredas, despejando el monótono gris de la realidad más real, una mujer camina peleando por alcanzar los ochenta y tantos  entre la hojarasca, envuelta de regalo  en una pollera gris y un saco marrón que le cubre hasta la barbilla… va cortando con la frente al viento como si fuese la punta de la espada de  un caballero en batalla,  tiende apenas a acurrucar un poco el cuerpo para quitar fricción y facilitar la aerodinámia, lleva un pan flauta  desnudo en una de sus puntas, bien prensado bajo su brazo izquierdo mientras que  con  ambas manos aprieta contra su pecho un pequeño monedero oval color gris como su cabello. Por la misma vereda a unos metros  de distancia pero en dirección contraria, un niño de unos seis años vestido de jardin  con sus respectivas coderas cuadriculadas en azul y blanco, y con la infaltable  bolsita de tela que hace juego con el resto y que va dejando salir poco a poco  como si fuese el genio de una lámpara un aroma extraño que por momentos se adivina a manzana, por otros   se vuelve intensamente a galletitas dulces húmedas y  luego de  golpe revela un viejo olor a queso de antaño que dejó algún porfiado refuerzo de pan porteño que viajó varios días de una misma  semana sin encontrar destino. En la otra mano va  una pequeña cajita que sostiene bien  enfrente del mentón y que está unida a sus labios por una pequeña pajilla… dos metros más atrás, como en otro cuadro de la exposición, una chica morocha pero de tez bien blanca, muy delgada pero embutida en un equipo deportivo que debería de estar jugando una mala pasada a la circulación de sus tobillos y su cintura, camina muy lentamente como si su batería estuviese en cuatro por ciento, se mueve casi que a niveles irregistrables … con la cabeza apoyada en su pecho como anclada entre sus senos… mientras hace levitar con sus manos a veinte centímetros de sus ojos  un celular que a juzgar por el formato y su elegancia debería ser  de última generación seguramente de tecnología cinco G, esa con la que tanto ponen a lavar la ropa, como  hacen un café a distancia, como  pagan el super o  piden su propio auto a la computadora del mismo.  Más atrás aún,  se dibuja un caniche que supo ser blanco en sus épocas de cachorro y que cada dos o tres metros levanta la pata trasera amagando a delimitar el territorio pero sin hacerlo,  tan solo para evidenciar su desfachatez en la zona y luego sin más  continuar su rumbo incierto. Una camioneta que dice Panaderia Doña Cristina está detenida en la esquina frente al almacén y un joven con aspecto hindú saca de la parte trasera una bandeja llena de grandes  medialunas bañadas en jalea y camina suavemente hasta perderse entre la cortina de cintas multicolores que tiene el almacén de Don Salvador en la puerta. Por el medio de la calle y a total  contraflecha viene un camión del gas con sus parlantes a todo lo que dan, con la música de la Para Elisa de Beethoven como único tema del repertorio que gira y gira… y gira… como un hastiado  molino en algún repetido día de temporal. Un hombre de unos treinta y pico camina al costado del camión con su mameluco rojo y con una garrafa de trece  durmiendo sobre su hombro derecho que apenas sostiene con dos dedos de su mano. Siento el frio en mi rostro al tiempo que el sol entrecierra mis ojos, hay una sensación de placer en mi cuerpo y en mi mente, me siento vivo, siento el aire frío y el calor solar… siento la vida… me siento vivo.. en este mundo inventado por otros y sin dioses… en mi jaula de materiales… o en mi jaula de aire…en mi mundo se esconde el victimario invisible y se despierta Estocolmo más vigente que nunca, …  entre mis cadenas duermen cansados los restos de lo que queda de este tan común y ordinario ser humano.

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Imagen: luis vargas – artelista – México

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Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.

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