Cuentos Latinoamericanos para pasar la Cuarentena

Caspar David Friedrich Zwei Männer in Betrachtung des Mondes. Um 1819/20 Öl / Leinwand, 35 x 44,5 cm Gal. Nr. 2194 Galerie Neue Meister Staatliche Kunstsammlung Dresden

Continuamos hoy la serie de cuentos de escritores Latinoamericanos Para Pasar la Cuarentena con el escritor Uruguayo Marcelo Damonte.

La luna que se dobló.

Anda la luna, por ahí velada

Benavides

Esa luna está doblada, parece que de un momento a otro se fuera a partir. Nunca había visto algo igual, dijo José, dándole un buche a su petaca de caña.

Tenía razón. El cielo, desde donde estábamos, parecía partirse sobre la luna, que estaba amarillenta y con los bordes de color celeste, con el tajo que la doblegaba justo en la mitad. Unas nubes de humo marrón costeaban el halo que rodeaba su figura, atravesadas, cada tanto, por el vuelo de los dormilones, que pasaban como saetas, dejándonos sus quejidos secos y borboteantes, con final de xilofón. Pisábamos el sendero de piedra rota y canto rodado haciendo equilibrio, guiándonos por un tozudo orgullo de baqueano, y el capricho empecinado, ávido de venganza, de una mula vasca. Aunque Moravia era italiano, y el peor de todos; un gringo a medias ilustrado, pero bruto suficiente, con filtro nulo para el despotrique y un grado cero para con toda aquella acción emparentada con la piedad hacia lo cuadrúpedo. Los demás también constituíamos facción de ralea, pero acompañábamos escasamente su intolerancia siciliana. 

No sabíamos de qué demonios se trataba, pero en el correr de una semana se había manducado cuatro pavos gordos, degollado solo por vicio un tercio de la población de capibaras de la reserva particular que Moravia cuidaba y por la que recibía una buena suma de dinero por parte del ayuntamiento local, y descuartizado al Crudo, el perro chico del italiano, un cuzco malo como la tiña, que no dejaba acercarse a nadie a menos de diez metros de donde él se encontrara. Pobrecito. En realidad, lo que fuese que lo enviara a ladrar al potrero de los perros muertos, le había hecho un más que grueso favor. El Crudo supo transcurrir —malamente podría otorgársele el denominativo de “vida”— la integridad de sus horas en esta viña de pesares atado a una cadena gruesa, pesada y de muy pocos eslabones, que apenas le permitía recorrer bajo la forma de violenta circularidad un perímetro no mayor al metro y medio de radio. Eso, sumado a los baños de inmersión en queroseno para matarle las garrapatas y las pulgas, la alimentación exclusivamente en base a achuras recién faenadas, la grotesca y permanente alucinación del balde de agua de metal oxidado  siempre vacío, o la cucha sin techo, al rayo de los peores soles y las inclementes heladas del brutal invierno campesino, habían hecho de ese miserable chucho una bestia rabiosa y enloquecida, para la cual morir descuartizado no debió significar menos que un profundo alivio a sus males sobrenaturales, un pasar a tiempos mejores.  

No obstante la vida que le había dado a su mascota, el italiano estaba resentido, y había prometido dos noches de sibarita, con carne en el asador, tres cajones de cerveza helada, putas gratis en el quilombo de Tala y unas fichas para el casino del pueblo, si cazábamos al monstruo o esperpento que había hecho aquel desastre en su territorio.

El declive era empinado. Todavía estábamos a campo abierto, aunque los arbustos empezaban a crecer en  dimensiones, y comenzaban a aparecer los primeros árboles chicos, que anticipaban el monte galería que llegaba casi hasta el borde acantilado del cerro. Los dormilones continuaban con su rutina, siempre cruzando de aquí para allá, despegando desde el suelo y armando alboroto en las ramas bajas de los árboles más tupidos, dentro del monte criollo.

Para mí que es un puma, dije, sin demasiada convicción, un poco para distraerme del frío que atraía la nocturnidad y ponerle un poco de conversación a la caminata.

No hay más pumas en la zona, me corrigió José, con esa voz lúgubre que ponía cada vez que salíamos a cazar al monte. 

Eso no es cierto; sí que hay. La gente que está del otro lado de los pozos ha visto a más de uno; lo que pasa es que son raros y no se dejan ver así como así. Igual, me parece que esto no tiene nada que ver con un puma. Esta cosa hizo una matanza brutal. Es más grande o más sanguinario que un puma, una de dos, comentó el siciliano. 

¿Qué es más grande que un puma?, pregunté, no sin preocupación.

Nada, replicó José, no hay más carniceros en esta zona. Que yo sepa, los chanchos salvajes no comen pavos ni perros, terminó.

¿Quién dice que eso se comió a mi perro?, reclamó Moravia, indignado.

¿Y de cuál de los pavos piensa usted, mi amigo, que eran los vellones de pelo pardo y la oreja que encontramos junto al aljibe?, volvió a insistir José.

No se lo comió, masculló el tano entre dientes.

Tranquilo, compañeros, el perro es cosa de familia, uno lo lleva en el corazón, dije, sin estar de acuerdo, más que nada para intersectar la escasa sutileza del gallego José, que sabía ser bien animal para opinar, si la ocasión lo proveía de oportunidades.

Nos conocíamos de mocitos, había confianza, pero se sabía que la paciencia del italiano era poca y dada al exabrupto, y que cuando se salía de sus casillas era difícil de apaciguar. De cualquier manera, eso a José le interesaba poco; no le gustaba andar midiendo sus palabras, decía que eso era cosa de nenas y de mariquitas.

Ni siquiera huellas dejó, pero tiene que ser un bicho grande, porque el Crudo se le animaba incluso a los toros malos, intentó acomodar el discurso José, haciendo justicia a su modo.

Está todo tan seco que no hay forma de encontrar pisadas. Además, el pasto después de un tiempo vuelve a su lugar, y las patas no quedan marcadas, dijo Moravia con tono triste y abatido. 

Muy cierto, agregué, sin mayores pretensión que la de marcar mi coincidencia.

Cruzamos una osamenta. Una suave luminiscencia se desprendía del costillar y del cráneo pulido por los chimangos y los pequeños carroñeros que habitaban la vera del monte. Unos dormilones chicos levantaron vuelo apenas la sorteamos, emitiendo una vez más su horripilante chillido resonante. 

Entramos al monte galería. Un silencio profundo habitaba esa comarca. Entre las copas de los árboles podíamos ver todavía la luna menguante, con el tajo negro en el medio, casi que segándola en dos mitades, como dos cuernos plateados. Su luz torcía un poco el terreno que pisábamos, redondeando el declive, distorsionando las medidas de las rocas alrededor, ondulando los árboles, tornando un tanto ominoso el paisaje de las sierras. Los dormilones desaparecieron temprano, pero el espacio a nuestro alrededor o paraba de reunir chasquidos lejanos de hojarasca, revoloteos entre las hojas de los árboles y nuestros pasos cansados, aplastando charamusca y resbalando sobre las piedras, desparejos y un tanto vacilantes. 

Me acuerdo cuando íbamos a cazar tatuces a los campos del viejo Amaral, dijo José, mientras le daba un nuevo sosegate a su segunda petaca de caña brasilera.

Yo memorizo cuando llegaste corriendo con aquel cuento del ovni. Parecías un loco. Que estaba detrás del peñasco, gritaste, y saliste corriendo hacia el galpón, con la cara roja y todo sudoroso, quién sabe con qué intenciones. A la pobre vieja que nos hacía de cocinera casi le da un síncope. Tengo cierta memoria de que hasta se hizo un poco encima, y quedaron las gotitas en el suelo de cemento lustrado. Igual, fue toda la culpa de este, dijo señalándome, cuando vino de la ciudad con aquella onda de comerse los honguitos que crecen en la bosta de las vacas, una moda bien de inútil de la capital, rezongó Moravia.

No es cierto. Lo de los hongos fue otra vez, y usted ni siquiera estaba, me defendí, más que nada para hacerlo hablar, porque lo cierto es que me divertía mucho la alusión a aquella anécdota de los hongos.

Él tiene razón, vos no estabas, y fue en la chacra de los Martins. Te lo habrá contado la cocinera, eso sí puede ser, porque era muy amiga de la sirvienta de ellos, que fue la que estaba allí y la que se meó en la ropa. Además, esa vez nadie había comido nada. El platillo volador salió disparado apenas el hijo de Amaral y yo rodeamos la piedra grande, la que tiene las marcas hechas por los indios. Si sería fulero el zumbido que hacía, que la yegua salió al galope y nos tuvimos que volver a pie.

Pobre yegua. Una semana estuvo de cola levantada después de aquel día, dijo el italiano, soltando una carcajada en voz baja.

Eso fue porque en aquella época este malandro y el botija de Amaral la trajinaban más de la cuenta, grité, sin poder contener la risotada.

El tano tuvo que detenerse a esperar a que se le pasara la risa, porque no podía ni respirar.

Ríanse todo lo que quieran, pero yo lo vi con mis propios ojos. Si le preguntan al Lucho Amaral, él les va a contar la verdad.

¿El Lucho Amaral? Él cree en los lobizones, dije, sofocando otra vez la risa.

Por favor, José, ese muchacho nunca estuvo en su sano juicio, protestó Moravia; solo usted le seguía la corriente.

José se nos acercó por la espalda y dijo bajito.

¿Ustedes no creen en hombres lobo, en lobizones?

El italiano se detuvo y lo miró fijo. Los ojos de José eran dos cuentas brillantes en la oscuridad.

No, le dijo, no creo; esas son cosas de viejas.

José comenzó a reírse estruendosamente. 

Por un momento pensé que los asustaría, dijo, fingiendo desinterés.

El italiano le hizo una seña con el dedo en los labios para que no gritara tanto.

Más me asusta perderme y despeñarme por el barranco. ¿Están seguros que vamos bien por acá? Según lo que recuerdo, hay un acantilado grande entre las dos sierras, dije.

No hay equivocación. Hay uno. Pero está más allá, mucho después de que termine el monte.

El acantilado no era algo con lo que bromear. Era enorme, alto y abrupto. Si alguien se despeñaba por él sería su fin.

Salimos a un claro por unos instantes. Las sierras parecían dobladas, también, como aquella luna. Tanto era así que las nubes marrones que cruzaban el cielo grisáceo parecía que las iban a separar en dos de un momento a otro también a ellas. Adelante, el trillo gastado y relleno de piedras nos volvía a hundir en el monte galería. Los dormilones chillaban a la distancia, ahora. En el monte reinaba el silencio. 

Entre nosotros nadie decía nada.

José rompió la monotonía.

¿Alguien sabe cómo lo vamos a encontrar? Ni siquiera sabemos qué cosa es. A mí todo esto me parece un poco loco, tano. Menos mal que yo y Enrique somos los de los hongos, que si no…

Es un animal, se los puedo asegurar; y lo voy a partir en dos con esta, agregó el tano, señalando su rifle, cosa que adivinamos un poco por sentido común, y otro poco porque la penumbra que provocaba la luna entre los árboles también deformaba el brillo del empavonado de su Winchester.

Si se comió al Crudo, vamos a necesitar de esa y de esta también, dijo José. 

El gallego traía una escopeta Remington de dos caños con chumbos gruesos como dedos. Nadie podía dudar del daño que podía provocar en cualquier ser vivo que se le pusiera en el camino.

Y si fallamos, el señorito le tira con su 457 para agujerear tanques blindados iraníes que se trajo de su viajecito por el norte.

Hablaban de una Browning 457 con balas de alto impacto de procedencia americana que me regaló un amigo yanqui con valija diplomática.

Menospreciaban mi destreza, les gustaba burlarse de las pistolas, decían que eso era música para señoras. Sin embargo, la bala de la 457 podía atravesar tres cuerpos a una distancia de veinte metros y salir limpita por la espalda del último.

El monte estaba espeso, alrededor, y apenas se veía el sendero, así que comenzamos a seguir las espaldas del primero, que era el italiano, y el que conocía mejor el terreno, pues las sierras eran sus dominios.

Un sonido claro de pisadas en la hojarasca a unos metros me distrajo.

No dije nada. Seguramente los otros lo habían escuchado.

¿No huelen nada?, preguntó el gallego, casi en secreto. 

Creí que había querido decir “oyen”, y que no se había animado, pero no.

Es sangre, nos sorprendió diciendo Moravia, en voz aún más baja.  

¿Sangre?

Sí, huele a cuando hacemos la morcilla, al balde de desangrado.

Yo apenas huelo a humedad y a meada; seguro que esta es zona de jabalíes.

Nada de eso. Los jabalíes prefieren el llano, el claro, el monte abierto; vos querrás decir cabras.

No quiero decir cabras. Las cabras no tienen ese olor espantoso en su meada.

Entonces chivos, o ciervos.

No me atosigue, tano, sabe muy bien lo que quise decir.

La verdad que no.

Un animal salvaje, eso quise decir.

¿Ah, sí? Entonces me empataste.

¿Vieron esa luna?

Sí, está toda doblada. Parece que le hubieran dado un hachazo, ¿no? José tiene razón, ¿eh, gallego?

Un silencio total se impuso como toda respuesta. 

¿Y este por qué no contesta?, se impacientó Moravia, volviéndose.

Déjelo en paz, tano, que el hombre estará guardando lo suyo para dedicarnos con algo interesante, una de esas anécdotas que saca de la manga como los magos, igual que esa del plato volador, ¿verdad, José?

Otra vez  nada. Solo el silencio, y ese sonido raro hecho de múltiples ruidos que reinaba en el aire alrededor.

Lo vi al italiano pararse frente a mí, buscando algo a mis espaldas. Antes de que pudiera darme la vuelta, él me había apartado con el brazo.

¡José!, gritó.

Pero nadie contestó. El mismo silencio húmedo que había hace un rato, y poca cosa más. Los mismos revoloteos y chistidos de las aves nocturnas, pero nada de José. 

Si es una broma, ya podés salir, gallego; esto no da gracia, dije, bastante inseguro de mis palabras y de mi temple.

No está, dijo seco el italiano.

¿Cómo que no está? ¿Se ha vuelto loco? Él debe estar bromeando; ahora va a salir de golpe, a ver si nos asusta un poco. ¿No lo conoce, tano?

Te digo que no está, que desapareció. ¿No olés eso en el aire?

Sí lo olía. Aparte de aquella peste fétida a meada y tierra húmeda, era cierto que había un aroma dulzón, algo agrio, que bien podía ser sangre, aunque me costaba admitirlo.

Huele a sangre, dije, sin rodeos.

Moravia no replicó. Hizo sonar la traba del rifle y siguió caminando, aunque mucho más despacio. Lo seguí sin protestar, convencido de que, en su lugar, yo habría retrocedido en vez de avanzar. De todas formas, aún quería convencerme de que José estaba gastándonos una de sus chanzas, y decidí seguirle el paso al italiano, bastante nervioso y mucho más atento, por cierto. 

No era momento para andar haciendo chistes. Conociendo al tano, y lo denso que se ponía cuando se salía de sus casillas, a nadie se le habría ocurrido nunca llevarlo hasta ese límite. Además, armado era mucho más peligroso.

Escuché unos pasos en la hojarasca, quizás a unos diez metros de donde estábamos, pisando el declive que bajaba al costado del trillo, a la derecha.

¿Oyó eso, tano?, dije en voz baja.

Claro que lo escuché, y no me gusta nada.

Es José, estoy seguro. No se preocupe más. Ahora va a salir gritando como un oso, ya va a ver; es una de sus bromas estúpidas. 

No digas pavadas, Enrique. José desapareció, estoy absolutamente convencido de eso. Estás esperando una broma que no va a suceder. Vamos juntos, y si yo te doy la voz de alarma, nos ponemos de espalda y tiramos los dos a la vez. No quiero que esa cosa nos sorprenda. ¿Queda claro?

No Moravia, no podemos tirar. Capaz que matamos al amigo. No hay que perder la calma. Si José hubiese desaparecido nos habríamos dado cuenta, ¿no cree?

Mis palabras me sonaron ajenas. No creía nada de eso que estaba diciendo.

No, no creo. ¿Te acordás como quedaron los carpinchos? Eso los degolló limpitos, como con una hoja de afeitar gigante. Lo malo es que ya estamos demasiado arriba como para volver. Queda menos monte yendo hacia la cima que si damos la vuelta, te lo puedo asegurar.

Me acordaba, por supuesto. Pobres bichos. No imaginaba el ardor y el dolor de semejante corte. Lo bueno es que se habían desangrado en menos de un minuto, que el tormento no había durado demasiado, eso seguro. 

Yo, en tu lugar, amartillaba tu cañón, me dijo el tano, volteando apenas la cabeza y murmurando en voz baja junto a mi rostro.

Lo vi sacar la petaca y beberse la mitad de dos tragos. 

Hice lo propio. Sentía el cuerpo helado, y una especie de vibrar trémulo en las piernas y en la espalda. Era miedo, nomás, no que se le pareciera. 

Caminamos un trecho más, sin hacer comentarios. El olor a sangre se había agriado y endulzado aún más. Un silencio neblinoso moraba sobre el caminero de piedras. A los costados, los árboles, y más allá la negrura tremenda de aquella noche incierta. Los dormilones ya se habían ido a dormir hacía rato, pues no los volvimos a oír chiflar entre los árboles. 

Moravia me tocó el hombro. Dos golpecitos suaves. Me acerqué y vi su gesto. Me señalaba el cielo.

Increíble, susurré.

Es cosa de locos, dijo, a su vez, con la voz entrecortada. 

La luna estaba tan torcida que casi se había partido en dos. En el ángulo que promocionaba el doblez, entre ambas medialunas cercenadas, discurrían gordos nubarrones de color pardo. Podíamos verlos a través de un claro entre los árboles. 

Una suerte de queja se prolongó durante unos instantes, a lo lejos. 

Dale, Enrique, hay que llegar arriba cuanto antes. Este monte de mierda ya me está poniendo la carne de gallina.

No quise decirle, pero a mí ya me la había puesto hacía un buen rato.

Buena idea, lo sigo.

¿Escuchaste el grito?

Sí.

La respiración del italiano podía escucharse desde el pueblo, sin lugar a dudas. Estaba asustado, y eso sí que era bastante raro. Había como un eco de su fuelle, mucho más bajito, apenas audible, que nos acompañaba a cada paso. ¿Un eco? Mejor no pensar en esas cosas. El monte era largo, las cuchillas generan que las voces retumben; es normal que haya eco en las zonas de quebradas y de sierras. Tal vez nos estábamos sugestionando demasiado.

La sangre, está peor, ¿no?, dijo Moravia, girando apenas la cabeza hacia mí.

Huele mal, como a carniza, acoté.

Es la pura verdad. Parece haber desmejorado; hace apenas unos instantes, nomás, olía a sangre fresca. Me está volviendo loco. 

No, tano, tranquilo, y siga subiendo.

Había que avanzar. Cuanto más rápido llegáramos a la cima, tanto mejor. En el llano, allá arriba, las cosas se verían de otra manera. Al menos quería convencerme de eso. 

¿Falta mucho?, pregunté.

Diez minutos de caminata, no más. No te despegues de mi espalda, y no pierdas la concentración. Hay que estar alerta, me dijo. Si aparece algo no dudes, dispará.

No me quedó claro si el acto de disparar se refería a mi pistola o a echar a correr como un cobarde. Mi mente se inclinaba más bien por lo segundo. 

Está bien, lo sigo, agregué escuetamente.

El trillo se desdibujaba a ojos vista. Lo que antaño fuera camino de piedra, ahora se había transformado en una suerte de zanja corta en la que peligraban los pies y el equilibrio. Allá arriba, los cuernos de la luna se habían doblado tanto que semejaban estar unidos entre sí apenas por un pálido hilito de plata. Gordas nubarradas de color marrón se deshilachaban a su alrededor, en aquel cielo plomizo de color azulado que parecía que iba a devorarlo todo en cualquier momento. La espalda de Moravia guiaba mis pasos. Si él  no estuviese allí yo no podría seguir el camino, cada vez más oscuro y tortuoso, minado de arbustos y raíces que sobresalían peligrosamente del suelo.

El terreno parecía deformarse más y más a medida que avanzábamos. Una especie de escalinata natural, de piedra y cascote, se pronunciaba unos metros más allá, sobre lo alto. Entramos en un monte más bajo, dentro de la galería. Los árboles eran abigarrados y estaban cubiertos por una maleza tupida. Desde allí no se veía la luna. 

Escuché otra vez aquel gemido, y enseguida ese sonido atroz, casi indescriptible, que vino después. No eran aves ni nada por el estilo. De definirlo de alguna manera, no se me ocurría otra imagen que la de un cuchillo entrando y saliendo ligero de la carne de un borrego. 

Volví a escuchar las mismas pisadas que antes sobre la hojarasca, al costado del trillo. Intenté descubrir algo alrededor. Estaba muy oscuro, no se veía nada. Metí la mano en mi cinto y apreté la culata de la Browning. En ese momento no tuve dudas; José no iba a aparecer. Era demasiado larga para ser una broma; el tano tenía razón, si algo aparecía había que disparar. 

Pisé una piedra grande y casi me fracturo un pie. Me detuve un segundo para acariciarme la zona torcida. Me dolía. Por lo demás, el olor a sangre podrida había regresado aún con mayor intensidad. Hundí la mano en el bolsillo del poncho y saqué la petaca. Escuché el borboteo cercano. Seguro que Moravia me estaba copiando. Luego extraje la pistola del cinto y la retuve en la mano, gatillada, lista para cualquier eventualidad. Esta es la última vez, pensé. Nunca más me traen a una juerga de estas. 

No debía quedar mucho trecho para llegar arriba. Le di el último trago a la caña y tiré la botella junto al camino. No escuchaba los pasos del italiano adelante mío, pero sí el siseo aquel, entrando y saliendo de alguna cosa, repitiéndose incesantemente. ¿Qué diablos era aquello? El olor a sangre podrida era inmundo. Casi que podía oler el charco coagulado en mi nariz.

¿Falta mucho, tano?

No hubo respuesta. Tal vez no me había escuchado, o me estaba odiando por aquel exabrupto horrible entre tanto silencio. Tal vez se había alejado un poco más de la cuenta. 

Sentí un temor profundo helarse en mi carne.

¿Falta mucho Moravia?, repetí en voz alta, haciendo un esfuerzo por romper aquella atmósfera empozada y fría. 

Pero seguí sin obtener una respuesta, siquiera un sonido que delatara su presencia en las cercanías.

Silencio. Un silencio enorme y abrumador que caía sobre mi espalda como una nube de cemento hedionda.

Moravia…

Moravia…

Tano…

Detuve mis pasos para escucharlo con claridad. 

Algo se acercaba a toda velocidad.

Escritor:  Marcelo Damonte – Montevideo – Uruguay

Foto: Dos hombres mirando la luna- Caspar David Friedrich

Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.


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