Cuentos Latinoamericanos para pasar la Cuarentena

Continuamos hoy la serie de cuentos de escritores Latinoamericanos Para Pasar la Cuarentena con el escritor uruguayo Sergio Gutiérrez Martiello

Soledades amplificadas

Trabajo de guardavidas desde hace años en Montevideo. Esta temporada fue en extremo atípica para mí, luego comprendí que para todos. Vengo arrastrando un dolor en las lumbares desde julio. Como siempre, empecé la playa a mediados de noviembre, pero no llegué a las fiestas. Me dieron licencia médica. Enero y febrero desconectado del mar y de la gente. Reclutado, otra vez, viendo las sombras agrandarse desde el cuarto en las paredes del patio. El aire dulzón de pleno verano aletargando las cortinas. 

Fue a finales de febrero cuando me dieron de alta. Posé los pies en la arena. Mi cuerpo se llenó de una conocida felicidad. Pocos días después, cuando comenzaron las clases y la ciudad despertaba a sus obligaciones de rigor, la playa registraba la retirada desganada de gente que cambiaba la silla reclinable por las prendas formales. Sin dar crédito al verticalazo estatal, las autoridades de la intendencia mandaron a los guardavidas y no guardavidas para sus casas, un mes antes de las vacaciones de turismo. En esas horas de confusión, los clubes cierran sus puertas, las sociedades médicas y las oficinas públicas limitan su atención. Los comercios ven menguados dramáticamente el flujo de sus clientes: les sale más caro abrir que cerrar. Cierran todo tipo de pequeñas empresas. La ciudad se apaga agónicamente desde el centro a su periferia. La corriente caudalosa de tráfico adelgaza en las calles, se vuelve un chorro laxo, a veces intermitente. En las viviendas linderas a grandes avenidas sus moradores hablan en las horas pico sin alzar la voz. El potente canto de las aves entra por las ventanas abiertas. Cuando callan, se ahonda el silencio, un silencio inquietante. 

Los barrios más allá del centro, de la noche a la mañana, son pueblos, pueblos encerrados paredes adentro que tejen ropas con fibras de desconfianza. Al andar por sus calles contemplando una ciudad diferente, deleitándome por la quietud y el verdor de sus árboles junto a ríos pétreos me he sentido forastero. La gente mira con desconfianza. Sin quererlo, yo a ellos también. Yo que me nutro de las cercanías o al menos del abrazo en el diminutivo hoy escatimado. Me siento  a todas luces un turista en mi ciudad. 

Estoy a pocas cuadras de la playa. Pasados los días las medidas sanitarias se recrudecen. El cierre y el encierro proliferan. Se linchan y queman, de forma anónima, en la plaza de las redes sociales a aquellos que no acatan la obediencia militar. Se cierran fronteras, puestos de trabajo, puertas; la mirada se vuelve aséptica, de soslayo se observa al que pasa por la vereda calculando la distancia óptima, milimétrica; los discursos médicos, científicos y técnicos se convierten en el sacrosanto evangelio, moldean la moral de los indefensos fieles. Se profundiza el relacionamiento virtual entre los individuos, más saludable y seguro. En tiempos de crisis las personas sacan lo mejor de sí mismas. Se vuelven buenos compatriotas, disciplinados, solidarios, ecologistas, reflexivos, inspiradores, expertos consejeros, trabajadores por el bienestar común; todos respetan a ¿su supino egoísmo… al miedo?

Bombas de ansiedad y temor se dispersan en la sangre con cada latido. La mente catapulta pensamientos que horadan el alma como a queso gruyere, contagiando a cada temerosa alma a metros a la redonda, burlando las distancias, los tapabocas, los guantes de silicona, el alcohol en gel. La ciudad se volvió un hospital. 

La falta de ciegas rutinas, la peste misma, no la de ahora, la de siempre. Sentir pasar el tiempo en cautiverio sin poder cumplir con nuestros ritos citadinos: trabajar, consumir, divertirse. Repetir el ciclo at infinitum. Pesadillas. El mundo despertó abruptamente con la clara consciencia de que existe la muerte. Y se acerca. 

El tumor de las ciudades empalidece. El transporte de nutrientes no llega. Una parte de nosotros muere lentamente, sin el aliento de sus ángulos cotidianos, sin sus viciados movimientos lineales, predecibles, reactivos. Sentimos la asfixia de la ciudad. Su vulnerabilidad es la nuestra. Nos angustia. Nos cala en los huesos. Sin embargo la tierra respira de repente. Una parte de nosotros respira con la tierra. Albricias. Tiembla la esperanza de un mundo mejor. 

El aislamiento obligatorio, el purgatorio, no se había instalado. Tomé la bici y me fui a la playa. Me impresionó no encontrar aún en temporada las casillas de vigilancia ni las banderas flameando donde días atrás trabajé. Había pocas personas. Caminé por la arena con el temor de pisar una mina. Moví los brazos y al fin me zambullí en el agua transparente y salada. A lo lejos escuché el ruido de un helicóptero. Luego llegó el sonido de un megáfono distorsionado que zumbaba como un zángano rompiendo mi idilio con el mar. Entre brazada y brazada me fui adentrando en el mar, me sentí volar. Divisé con claridad el lugar desde arriba. Sentí que la bahía de la playa me abrazaba con la solidez de sus extremos rocosos. Las personas eran polos de una misma carga eléctrica que se repelían de manera antinatural. Tuve una epifanía. La forma en copa de la playa fue de repente un inmenso radar astronómico. Me sentí flotando en el vaivén del inhóspito y vasto universo. Un latigazo intenso en las lumbares rompió mí ensoñación. Caí en la cuenta de que no había servicio de guardavidas, ni médicos, ni ambulancias, ni embarcaciones: me sentí el cuidador descuidado. Una soledad jamás experimentada creció en cada célula y se esparció en ondas silenciosas al infinito. 

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Cuento: Sergio Gutiérrez Martiello – Montevideo Uruguay

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Imagen: Carlos Manuel Salazar Ramirez – Costa Rica -Pintura (El hombre el mar y la muerte)

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Los articulos del diario La Humanidad son expresamente responsabilidad del o los periodistas que los escriben.


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